viernes, 7 de septiembre de 2012

Capítulo 21


PETYR
Despertó sudando. Abrió los ojos despacio. La luz que apenas entraba por la ventana medio abierta le quemaba las pupilas. Volvió la cabeza y descubrió al maestre Vyman dormitando en una silla de madera y cuero. Pidió agua con un hilo de voz. El maestre no lo oyó y siguió durmiendo. Petyr alzó una mano, intentando llegar a un vaso que reposaba en la pequeña mesa instalada cerca de su cabecera. Con los dedos empujó el recipiente y éste cayó al suelo, despertando a Vyman, que se alzó como impulsado por un resorte. Se acercó al muchacho y le tocó la frente: la fiebre estaba remitiendo. Petyr sentía como si se hubiera despertado de un sueño muy profundo, interrumpido por unos pocos momentos de lucidez. O de algo parecido. No conseguía distinguir lo que fueron estados de sueño y de vigilia. Ahora ya notaba la mente un poco más clara y despejada. Preguntó al maestre cuánto tiempo llevaba allí: quince días. ¡Tanto! A él le dio la sensación de que había sido menos. Se tanteó el cuerpo: estaba delgado, con los huesos de las caderas muy marcados. Quiso incorporarse, pero no halló las fuerzas. El maestre le acercó el agua y bebió con avidez. Su estómago vacío protestó con un rugido y preguntó si podía tomar algo sólido. Vyman respondió afirmativamente y salió en busca de unas gachas calientes. «Algo suave para empezar. Has estado a base de caldos y leche de la amapola dos semanas.»
Ya solo, intentó reorganizar sus pensamientos. Recordaba el duelo, recordaba a su doncella de nieve y, lo más importante, recordaba a Cat besándolo. A lo mejor era también parte de uno de sus delirios en mitad de la fiebre. Al haber perdido la noción del tiempo, no sabía si ella lo había besado antes o después de alguno de sus sueños o sólo lo imaginó. Le vinieron a la memoria los cabellos sobre la manta… ¿también eran una fantasía? Se miró la mano y buscó en la cama, pero ya no estaban. Cerró los ojos a fin de concentrarse. Había soñado dos veces más con la joven de pelo castaño desde su primer encuentro, tan desconcertante como placentero, y en el que imaginó que era Catelyn. La segunda vez ya no estaba en mitad de un paisaje frío, sino en un cómoda alcoba ricamente decorada. La muchacha acudía a él buscando sus manos, sus labios, su abrigo, su protección. Se había sentido poderoso abrazándola y sintiéndola como suya. De nuevo la joven lo había besado con fuerza y todo se precipitó como en la primera ocasión. La última vez que soñó con ella fue de lo más extraño. Por un breve instante creyó reconocerla por fin. Su pelo ya no era castaño oscuro, sino rojizo, pero podía ser por efecto de la luz de la vela que iluminaba la estancia. El rostro apenas se dejaba ver, oculto por el cabello, pero había algo demasiado familiar en él, tanto que… «¿Eres tú, Cat? Siempre has sido tú, ¿verdad?», se atrevió a preguntar en medio de los besos que la muchacha le daba en el cuello. «Sí. Soy ella, Petyr, y te amo. Bésame, besa a tu Catelyn.» Mientras pensaba en todo esto, notó que se excitaba. Había algo que cada vez tenía más claro: Cat estuvo en su habitación y lo había besado. Esa sensación de sus labios tocados por los de su amada había sido demasiado vívida. Pero también lo era el cuerpo de su doncella de nieve, por lo que…
El maestre Vyman entró, interrumpiendo sus cavilaciones. Le dio el plato de gachas con la paciencia de una madre. Al terminar, Petyr se sentía un poco más fuerte y pidió levantarse. El maestre lo ayudó y le aconsejó hacerlo con cuidado. Debía ir probando todos los días a moverse para recuperar el tono muscular perdido tras tanto tiempo en la cama. Se puso de pie y caminó unos cuantos pasos por la habitación, siempre apoyado en Vyman. Al pasar por delante del pequeño espejo de cobre, éste le devolvió la imagen de un ser desconocido: una figura delgada, con una cabeza llena de pelo negro rizado y demasiado largo y con los pómulos hundidos. Se pasó la mano por la barbilla y notó que le había crecido un vello más fuerte allí, formando una especie de perillita puntiaguda. Se estaba convirtiendo en un hombre a base de golpes. No era ni la sombra del antiguo Petyr. Mucho tendría que caminar para recuperar parte del muchacho que había sido. Esbozó una sonrisa y, en el fondo, se dio por derrotado, pero no quería admitirlo. «Estaba loco cuando reté en duelo al prometido de Cat», pensó. «Soy un sentimental, lo quiera o no.» Siempre le decía a Lysa que la vida no era una canción y ahora él lo había comprobado en sus propias carnes. 
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jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 20


CATELYN
Ya hacía cuatro días que Petyr y Brandon se habían enfrentado en aquella pantomima de duelo. Se llevaron al muchacho gravemente herido y Cat temía por su vida. A pesar de las súplicas de que no lo matara,  su prometido no tuvo más remedio que poner fin al combate asestándole una última y definitiva estocada en vista de que Petyr no se rendía. Desde que lo trasladaron a su habitación chorreando sangre y medio muerto, Lord Hoster Tully había prohibido a las hermanas, sobre todo a Catelyn, ir a visitarlo. El maestre Vyman tampoco tenía permiso para hablar de cómo estaba el muchacho. Su padre veía como una afrenta las pretensiones del que consideraba un advenedizo. Aunque lo había tratado como un hijo, no lo era: sólo era un Baelish, vasallo suyo. Además, Catelyn era una muchacha prometida y no estaría bien que se dedicara a visitar al que había retado a su futuro marido y declarado su amor por ella públicamente.
Ante la falta de noticias,  decidió acercarse a los aposentos de Petyr a riesgo de que su padre la sorprendiera. Apenas había empezado a subir la escalera que la conduciría al piso de los dormitorios, se tropezó con Lysa, que venía corriendo y llorando, sofocada y con el pelo revuelto. Cat se temió lo peor. Agarró a su hermana por el brazo para que se detuviera y la interrogó. «¿Qué pasa, Lysa? ¿Cómo está Petyr? ¿Tan grave es? ¡Dime algo, por favor!» Lysa le respondió fuera de sí. «¡Petyr está más muerto que vivo y, aún así, sólo piensa en ti! ¡Tú eres la culpable de esto! ¡Si muere, jamás te lo perdonaré, jamás!» Catelyn le dio una bofetada, indignada ante semejante acusación. «Lo quiero como a un hermano. ¡Batirse en duelo fue decisión suya! No puede morir, ¡no debe morir!» Soltó a su hermana y se lanzó escaleras arriba hacia la habitación de Petyr.
Llegada al pasillo de los dormitorios, vio salir al maestre Vyman del cuarto donde convalecía el herido. Se escondió en la oscuridad hasta que aquél pasó de largo. Todavía esperó unos minutos por si alguien venía a vigilar al enfermo. Tras un tiempo que consideró prudencial, se acercó de puntillas hasta la puerta y entró con sigilo, cerrando tras de sí. La habitación estaba en penumbra y olía raro. El aroma de la leche de la amapola y el olor de la fiebre se mezclaban, impregnando toda la estancia. Se aproximó a la cama y contempló el rostro de Petyr. Dormía de manera inquieta, moviendo los ojos bajo los párpados y musitando palabras incomprensibles. No podía creer que estuviera tan mal... La última vez que lo había visto enfermo había sido unos años antes, cuando Lysa y ella le obligaron a comerse unos pasteles de barro que ellas hicieron. Empezó a acariciarle el pelo rizado, buscando el extraño mechón blanco, al tiempo que derramaba unas lágrimas que durante casi una semana se había resistido a verter. Al pasar la mano por la frente, notó que la tenía ardiendo. Encontró un paño cerca de una jofaina llena de agua. Tras empaparlo, se lo pasó para refrescar el sudor que perlaba toda la cara del muchacho y le humedeció también los labios resecos. Lo miró fijamente. ¿Qué había ocurrido entre ellos? Fueron felices de niños y ahora aquello se acabó. Se percató de que, justo en ese instante, su infancia, la amistad inquebrantable de los tres, había acabado para siempre y jamás volvería. Crecer y amar era una experiencia dolorosa. Lamentaba en su interior que todo terminara así, porque lo quería con todo su corazón. Se levantó para marcharse pero, antes de hacerlo, movida por un impulso extraño en ella, besó a Petyr largamente en los labios a modo de despedida. El chico emitió un sonido lloroso cuando se apartó de él, al tiempo que abría un poco los ojos y decía su nombre. Catelyn le dio la espalda y salió de la habitación.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capítulo 19


PETYR
No reconocía el lugar donde se hallaba. Estaba nevando, sentía frío por todo el cuerpo, y también dolor. Se pasó la lengua por los labios resecos. Tenía la boca amarga, como si hubiera bebido la leche de la amapola, y necesitaba con urgencia una hoja de menta. Buscó en los bolsillos de su escasa ropa, pero no encontró ninguna. Estaba helado y puso los brazos bajo las axilas para intentar entrar en calor, pero no dejaba de tiritar. Miró a su alrededor intentando ver algo que le resultara familiar. A su espalda se alzaba una fortaleza gigantesca y extraña. Estaba construida sobre un escarpado precipicio. Le recordó a los nidos de águilas que había visto en Aguasdulces... Pero este sitio no era su hogar. Emprendió una caminata sin rumbo a través de la nieve. A lo lejos creyó ver algo agazapado en el manto blanco del suelo. Conforme se acercaba, la figura iba definiéndose hasta que se convirtió en una persona de espaldas y arrodillada, tapada por una capa con capucha. Quien quiera que fuese, estaba muy concentrado en algo que hacía en la nieve. Al aproximarse, descubrió que estaba construyendo una especie de castillo. Se acuclilló a su lado para ver mejor y la figura volvió su rostro hacia él. Era la muchacha que visitaba sus sueños últimamente, tan parecida a Cat, pero con el pelo castaño oscuro y más joven. Le pidió ayuda para continuar su trabajo y así estuvieron no supo cuánto tiempo. Terminada su obra, ella se incorporó y lo miró a los ojos con decisión. Petyr no dudó un instante: se levantó a su vez, le tomó la cara y, por fin, la besó. ¿O era ella quien lo besaba? Empezó a notar los labios de la muchacha anhelantes sobre su boca, como si quisiera bebérsela, perdido el control por la excitación. La desconocida y a la vez familiar aparición comenzó a explorar su cuerpo con las manos y él se dejaba hacer, rendido, sobre la nieve. Ya no tenía frío: sólo sentía el calor del cuerpo desnudo de la adolescente sobre el suyo. Los besos eran repartidos por su boca, su pecho, su abdomen. Ella se colocó a horcajadas sobre él, le tomó las manos y se los puso sobre sus pequeños senos, al tiempo que se arqueaba hacia atrás, tensando su blanca espalda. Él empezó a moverse rítmicamente contra las caderas de la muchacha, sin control, e inundado por una ola de placentero calor que le quemaba, exclamó «¡Oh, Cat, mi Cat…!»
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Un golpe seco, como de un portazo, lo sacó de su delirio. Abrió los ojos y todo se oscureció. Estaba sobre una cama, solo, desnudo y medio destapado, en una habitación: su dormitorio de Aguasdulces. Le pesaba el cuerpo dolorido y la cabeza era una olla hirviendo. Se sentía ardiendo y la boca estaba pastosa y seca. Intentó moverse para colocarse las mantas, pero un pinchazo bajo las costillas le hizo desistir y, entonces, recordó: había retado a duelo a Brandon Stark y éste lo habría matado de no ser por la intervención de Catelyn. Las magulladuras formaban un mosaico de teselas púrpura en la piel y su pecho estaba vendado con fuerza. 
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La puerta se abrió y entró el maestre Vyman. Mientras lo arropaba, le preguntó cómo se encontraba, a lo que respondió como pudo que no muy bien. De hecho, creía haber estado delirando. El maestre puso su mano en la frente del muchacho y confirmó que tenía fiebre. Le dio a beber la leche de la amapola, pero él pidió agua. El maestre se negó en rotundo y le obligó a sorber el líquido blanco de un cuenco. Petyr retiró los labios asqueado después de un breve trago. Echaba de menos sus hojas de menta, pero no podía hacer nada excepto seguir las recomendaciones de Vyman.
Cuando éste salió de la habitación, empezó a recordar el sueño que había tenido en medio de su estado febril. Había sido tan real… Los besos, el contacto de los cuerpos, el calor… No: sólo eran alucinaciones producto del mejunje que le administraban para calmar el dolor de las heridas y tenerlo sedado. No era capaz de adivinar cuánto tiempo llevaba allí tumbado, ni si era de noche o de día: estaba desorientado. Al acomodarse las ropas, notó una cálida humedad entre las piernas. Metió la mano y la sacó manchada de algo que parecía sangre. ¿Tenía una herida allí? Posiblemente. Mientras se limpiaba como podía en las mantas descubrió sobre ellas unos cabellos largos y cobrizos. Con ellos entre los dedos, cayó de nuevo en un profundo sueño.

martes, 4 de septiembre de 2012

Capítulo 18


LYSA
            El temido día llegó. Lysa había intentado por todos los medios convencer a Petyr para que se retirara, pero él no se dejaba derrotar sin luchar antes. «Esto no es una canción, es la vida real», le decía ella, precisamente ella, que siempre había soñado con princesas y duelos vencidos por muchachos valientes, pero el chico no atendía a razones. Su terquedad iba a ser la causa de su muerte y Lysa sufría por ello.
Las dos hermanas se encontraban el patio de armas de Aguasdulces, esperando la llegada de los dos combatientes. El primero en aparecer fue Brandon, ataviado con una excelente armadura. Catelyn le había dado como prenda un pañuelo bordado con truchas saltarinas y se lo estaba anudando a la mano en ese momento, al tiempo que le decía «Sólo es un niño tonto, pero lo quiero como a un hermano. Me causaría dolor verlo morir.» Lysa sabía que Petyr le había solicitado una prenda a su vez, pero Cat no le dirigía la palabra desde que retó a su prometido a duelo. Cinco minutos después se presentó el muchacho. No vestía armadura, sólo la cota de malla, el peto y un yelmo viejo y abollado. La espada tampoco era precisamente nueva y Petyr no parecía tener fuerzas suficientes para levantarla del todo. Lysa se sintió morir al ver la diferencia entre los combatientes: un hombre armado frente a un niño indefenso. Era como una pelea entre un león y un gato. De repente, Brandon Stark se despojó de la mayor parte de la armadura. «Eso es más justo», pensó Lysa.
Ya estaban preparados para comenzar. Incluso sin armadura, el Stark era una persona imponente, un caballero fuerte y curtido en el entrenamiento con la espada. Adoptó la postura de guardia y esperó a que el muchacho hiciera el primer movimiento. Petyr se lanzó sin pensar hacia el pecho de su oponente con la espada cogida con ambas manos. Brandon no tuvo problema en esquivarlo y descargar su acero sobre el hombro de Petyr, que cayó de rodillas dolorido. El prometido de Catelyn dejó que el chico se levantara y volvió a esperar su ataque, que de nuevo fue rechazado y terminó con otro golpe de espada en el costado. Esto se repetía una y otra vez durante un tiempo que a Lysa se le hacía eterno. Petyr se tambaleaba cada vez más herido y sangrante, retrocediendo por el patio hasta llegar a la escalera que llevaba al río. La lucha continuó dentro del agua. Lysa rezaba mentalmente a la Madre y al Guerrero para que protegieran a su amado. Observó a Cat, que cerraba los ojos a cada golpe que Petyr recibía, conteniendo el aliento y manteniendo el tipo, pero sus manos delataban su nerviosismo. Brandon exigió al muchacho que se rindiera varias veces, a lo que él respondía con un gesto de negación a pesar de que la derrota era inminente desde el principio. A Lysa le dio la sensación de que Brandon estaba harto del espectáculo. Vio cómo miraba hacia su hermana, buscando su aprobación para poner fin al duelo. Cat suplicó con los ojos que acabara con la tortura del muchacho y el Stark lanzó un tajo que cortó la protección de Petyr, causándole una herida bajo las costillas que comenzó a sangrar profusamente. El chico dirigió su última mirada a la mayor de las Tully y, mientras caía al agua sujetándose el pecho malherido, murmuró «Cat» y se desmayó. Lysa corrió hasta el río y se metió en él para sacar a flote la cabeza de Petyr. Al momento acudieron varios sirvientes y el maestre Vyman, que se encargaría de curarle las horribles heridas. Mientras trasladaban al muchacho moribundo, Lysa creyó ver una lágrima asomar a los ojos de Catelyn.
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lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 17


PETYR
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            Estaba en el bosque de dioses. No era consciente de haber llegado hasta allí, pero el cansancio le decía que había estado corriendo. Sentía la cabeza embotada, como si una niebla le impidiera ver sus propios pensamientos. De repente, vislumbró en su interior a Cat, su Cat, junto a aquel hombre que se la robaba, las manos entrelazadas y ella resplandeciente de felicidad. Se dejó caer sobre la hierba, agotado y sudoroso, la espalda tocando el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente mientras repetía una y otra vez el nombre de su amada. «Cat, Cat, Cat, Cat, ¿por qué me haces esto?» Le dolía el pecho por la carrera, pero él imaginaba que la razón era su corazón roto. Se tapó la cara con las manos y sollozó como un niño. Escuchó los pasos de alguien que se aproximaba. Lysa surgió de entre los árboles, resollando sin aliento. Ni se había percatado de que ella lo persiguió cuando salió huyendo del salón principal de Aguasdulces. Se aproximó a él con el rostro compungido. «Petyr, no llores, no merece la pena. Cat nunca podría haber sido tuya.» El muchacho rechazó su intento de abrazo al tiempo que le decía «¿Qué sabrás tú de lo que me pasa? ¡Sólo eres una cría con la cabeza llena de pájaros!» Lysa se apartó, dolida. «Sé lo que es amar y que no te correspondan… Y tú eres el culpable de ello, Petyr.» ¿A qué se refería? Nunca pensó que Lysa hubiera estado realmente enamorada de alguien en su vida, sólo pensaba en los protagonistas de las canciones que tanto le gustaban y en los besos de menta… ¿O no? No podía ser… ¡El juego de los besos no había sido sólo una travesura de las suyas! Ella lo había tomado en serio y por eso había estado demandando sus labios durante aquellos días en el bosque de dioses. ¡Qué ciego había estado! Petyr soltó un risa histérica. ¡Era increíble a la vez que irónico! Lysa enamorada de él, él de Cat y Cat a punto de casarse con otro. Qué patético sonaba todo. El amor era algo horrible e injusto. En el mundo real no cabían los romances de los poemas y las canciones. Sin embargo, él podría… La cara de Petyr se iluminó en un instante y Lysa observó extrañada la transformación de su rostro, que se hizo pétreo. «¿Qué te ocurre? Me estás dando miedo», le dijo mientras le pasaba las manos por las mejillas húmedas de lágrimas. No oía los requerimientos de la muchacha. Una idea le pasó por la mente. Una idea loca, pero ¿acaso no era de locos todo lo que estaba viviendo? «Voy a retar a Brandon Stark a un duelo. Cat tendrá que escucharme esta vez lo quiera o no», dijo en voz alta.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 16


CATELYN
Lord Hoster Tully se hallaba reunido en el salón principal con su hija mayor. Al día siguiente sería recibido en Aguasdulces su prometido, Brandon Stark de Invernalia. Lord Hoster había establecido el compromiso cuando Catelyn tenía doce años, pero se mantuvo en secreto a fin de no revelar ciertas alianzas entre la región de los Ríos y el Norte. La negativa de Brynden a casarse según conveniencia de su hermano ya había dado problemas, de forma que con el matrimonio de Cat y Brandon al menos se aseguraban un aliado fuerte. Ella no pensaba en todos estos motivos que su padre le iba exponiendo como una manera de justificar la elección. Aceptaba la decisión paterna como había aceptado ser señora de Aguasdulces al fallecer su madre. “Familia, Deber, Honor” era el lema de los Tully y ella era una Tully de los pies a la cabeza. Pero estaba sumamente nerviosa ante la perspectiva de conocer a su prometido. Su padre sólo lo había descrito como un muchacho de unos veinte años con porte de gran señor. Con tan pocas palabras no podía formarse una imagen clara de cómo sería Brandon Stark. Por lo menos era joven… 

Tras el encuentro con su padre para organizar el recibimiento, se dirigió a su habitación. Por el corredor superior del castillo se cruzó con Petyr, el cual no sabía nada de su compromiso. En Aguasdulces se conocía la llegada del heredero de Invernalia, aunque se consideraba que era una visita de cortesía. Al día siguiente se haría público. Catelyn estuvo a punto de revelarle a Petyr que estaba prometida la vez que hablaron en su peculiar sala de entrenamiento, pero calló a tiempo. Hubiera sido la excusa perfecta para que él cejara en su empeño de insistir en su afecto hacia ella, el cual se había repetido durante todos los días siguientes. Cuando Catelyn argumentaba que lo quería como a un hermano y que no podría casarse con él, Petyr respondía que los Targaryen llevaban generaciones casándose entre hermanos. «Y nosotros ni siquiera lo somos de verdad, Cat. No sería nada malo.» Catelyn respondía que no era natural, ni en el caso de los Targaryen ni en el suyo. En esa ocasión pasó de largo, saludándola con una subida de cejas. Pensó que era mejor así. Lo pasaba realmente mal cuando el muchacho la cogía de la mano y le hablaba de su amor por ella. Era un niño cabezota, siempre lo había sido. Al menos, aquella especie de acoso acabaría al día siguiente con el anuncio de su compromiso con Brandon Stark.
Y ese día llegó por fin. Catelyn no pudo conciliar el sueño en toda la noche y temía tener mal aspecto. Su juventud, unida a un peinado y un vestuario adecuados, suplirían el cansancio que mostrara su cara. A pesar de las horas de desvelo, no parecía estar tan mal cuando se contempló en el espejo. Todas las sirvientas le repetían lo hermosa que estaba. Incluso Lysa, que seguía con su actitud taciturna aun cuando todo parecía aclarado entre ellas, le dijo que su prometido iba a quedar impresionado cuando la viera. Lo cierto es que estaba radiante: vestía una túnica azul con las mangas rojas de seda traída de las Ciudades Libres y bordada con truchas saltarinas de hilo de oro a lo largo del cuerpo. El escote era ligeramente más pronunciado que en los vestidos que había tenido hasta ese momento. Ya era una mujer a punto de casarse y su atuendo lo ponía de manifiesto. El pelo estaba recogido en un intrincado moño al estilo de las regiones sureñas y dejaba al descubierto su cuello largo y blanco. Sí, estaba perfecta y eso le hizo sentir un poco más segura.

Se presentó en el salón principal, decorado con estandartes Tully y Stark. Todo el mundo había sido congregado allí por Lord Hoster. Entró ceremoniosamente y pudo ver a su paso a su tío Brynden, que había aceptado la invitación y al que quería como a un padre, a Lysa, a Edmure, a su septa, al maestre Vyman… Y a Petyr. Temía la reacción del muchacho ante el anuncio de esa mañana. Cerró los ojos un instante y respiró profundamente para quitarse esa preocupación de la mente. Era uno de los días más importantes de su vida y quería estar concentrada en todas las sensaciones buenas. Llegó al lugar donde su padre la esperaba y tomó asiento junto a él. Lord Hoster hizo una señal al sirviente que estaba junto a la puerta y éste anunció a Brandon Stark, hijo de Lord Rickard Stark y heredero de Invernalia. Catelyn estaba a punto de desmayarse por la tensión. La puerta se abrió y entró un joven muy alto, vestido con un jubón blanco nieve bordado con un huargo gris plata. Cat no se atrevía a mirar su cara, pero se sobrepuso al nerviosismo y decidió que era hora de ver qué aspecto tenía el que había de ser su marido mientras éste se acercaba. Se quedó paralizada: el rostro era ligeramente alargado, de color cetrino, con rasgos que parecían cincelados en mármol. Las cejas, oscuras y espesas, ensombrecían unos ojos que se adivinaban claros. La boca era grande y aparecía seria en ese momento. Su pelo, negro como el carbón, lucía recogido en una cola baja. Y tenía barba, tan oscura como el cabello. Catelyn quedó cautivada desde el primer momento. ¡Era aún mejor de lo que imaginaba! 

Brandon Stark saludó a Lord Hoster Tully y dirigió su mirada hacia Catelyn, que respondió con una reverencia. Ella pudo comprobar que sus ojos eran grises, aunque cálidos. Su padre invitó al joven a sentarse a su derecha mientras él mismo se levantaba y comenzaba a hablar. «Estoy honrado por la visita del joven heredero de Invernalia. Su presencia aquí es algo más que una formalidad entre familias de bien. Hoy quisiera hacer a todos los presentes testigos de un hecho feliz que pronto se producirá en esta casa: la unión de Aguasdulces e Invernalia, de los Ríos y el Norte, a través del matrimonio entre mi querida hija Catelyn y el hijo de Lord Rickard Stark, Brandon.» Al terminar, les indicó que se pusieran en pie y, tomando las manos de ambos, las unió de forma simbólica.
Un murmullo recorrió el gran salón. Los congregados se miraban entre sí y, finalmente, estallaron los aplausos. Catelyn estaba feliz. Su prometido la observaba con placer, recorriendo con los ojos todo su cuerpo. Ella no cabía en sí de gozo, flotaba, todo era perfecto. De repente, al tiempo que los aplausos iban apagándose, oyó un grito entre el público. «¡No puede ser, no lo permitiré!» Brandon buscó al dueño de la voz con el ceño fruncido y Catelyn descubrió horrorizada que era Petyr. La multitud se apartó para dejar paso al muchacho, el cual abandonó el salón a la carrera perseguido por Lysa.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 15


PETYR
Ya hacía una semana que ocurrió lo del beso con Cat y ella no se mostraba enfadada a pesar de cómo reaccionó en un principio. Eso le dio ánimos a Petyr: a lo mejor intentaría ir más allá y ser sincero, declararle sus sentimientos. Era difícil encontrar el momento adecuado porque en los últimos días, desde que regresó Lord Hoster a Aguasdulces, Catelyn apenas se dejaba ver, ocupada en sus obligaciones de señora, las cuales parecían haber aumentado de repente. Las únicas ocasiones en las que la veía eran las comidas, por lo que la privacidad era nula. Tendría que ingeniárselas para hablarle a solas.
Ahora que Lysa se negaba a seguir con sus escapadas al bosque de dioses y que la biblioteca no le reportaba nada novedoso, retomó su entrenamiento con la espada, aunque sólo para dar salida a la energía acumulada en esos días de experiencias nuevas para él. Cada estocada tenía como propósito eliminar de su mente los deseos de tomar a Cat de los hombros y besarla con todas sus fuerzas. Pero era un trabajo inútil. Se paró por un momento a pensar mientras se secaba el sudor de la frente. Debía tener la mente fría para expresarle lo que sentía. Perder el control de la situación era lo último que quería. Cat ejercía demasiada influencia sobre él, lo que era peligroso. Concentrado en esas cavilaciones, no oyó los pasos que se acercaban. Era ella. Entró despacio, sin querer rozarse con nada de lo que allí había por temor a mancharse y mirando el lugar extrañada. Petyr no mostró sorpresa. Se puso el jubón a pesar del calor y le preguntó que qué quería. Catelyn sonrió levemente y, sin hacer caso a su demanda, le dijo que ése era el último lugar en el que hubiera buscado. «Sé que estabas aquí porque anoche Lysa me dijo que te vio una mañana entrenando.» «Antes no tenía por costumbre espiarme», contestó él secamente. Cat lo miró con tristeza y le recriminó la dureza de sus palabras para con su hermana pequeña. Petyr bajó la cabeza con vergüenza. «Bueno, ya ves que esto no es un secreto para vosotras. Sé que es una ridiculez, pero me ayuda a desahogarme. No tengo pretensiones de gran caballero.» Cat lo miró fijamente a la cara. Él le mantuvo la mirada. Era el momento: ahora o nunca. «Catelyn», le dijo por primera vez en nueve años, «Te amo. Estoy enamorado de ti. No lo supe hasta hace un año. Sé que no soy nadie, pero me gustaría merecerte de algún modo. El día que te besé se ha convertido en el más feliz que recuerdo en toda mi vida.» Ella lo escuchaba con rigidez, los labios apretados. «Por favor, di algo», suplicó Petyr. Cat se acercó y le rozó los rizos húmedos con la punta de los dedos. «Petyr, te quiero y lo sabes, pero como quiero a Lysa y a Edmure. Debes meterte eso en la cabeza. Tú y yo somos hermanos, ¿no lo comprendes? Aunque tuvieras posibilidades, no te aceptaría porque no te quiero del modo que tú pretendes y además voy a…» Él no la dejó terminar. «¡Pero no somos hermanos, Cat, no lo somos!» Él hizo el ademán de acercarse. Cat dio un paso hacia atrás y pegó la espalda al quicio de la puerta. Petyr pensó con tristeza que lo veía como una amenaza. «No voy a hacerte nada, Cat. Lastimarte es lo último que deseo, ¿es que ya no me conoces?» Ella pareció sonrojarse y le contestó que creía hacerlo hasta que la besó en el bosque de dioses. Antes de salir por la puerta, puso sus labios sobre la mejilla de ella. «No me rendiré. Sabes que odio perder», le susurró.