viernes, 31 de agosto de 2012

Capítulo 14


LYSA
Fuente imagen: http://elysiumtan.tumblr.com/

Apenas cenó, Lysa se retiró a dormir. No tenía ganas de conversación y menos de compartir mesa con Petyr y Cat. Se sentía traicionada, utilizada. Se metió en la cama a pesar de que sabía que no iba a lograr conciliar el sueño fácilmente. De nuevo las lágrimas afloraron. ¿Qué le había hecho aquel muchacho? Desde que le dio el primer beso torpe, algo cambió en ella. No lograba averiguar si fue por su sabor a menta o había algo más. En el pasado había besado a algunos chicos, gente sin importancia, pero con Petyr fue distinto. Lo que comenzó como una simple curiosidad terminó por trastornarla de alguna forma más allá de la excitación inicial de comprobar a qué sabía un beso como el de las canciones. Ahora se daba cuenta de que siempre lo había querido. Su opinión era sagrada para ella, lo adoraba, le gustaba estar con él desde el alba hasta el anochecer, se dejaba guiar por él en todo… Y ahora lo amaba. Los celos que le asaltaron al ver cómo besaba a su hermana se lo vinieron a confirmar. Petyr era el amor que había estado buscando en otros chicos. Lo tuvo delante casi diez años y lo había dejado escapar. Y él no estaba interesado en ella, sino en Catelyn, la cual lo había embrujado. De ahí esa actitud extraña que había tenido el último año con su hermana.

 
Cat entró en la habitación. Lysa intentó hacerse la dormida, pero era imposible engañarla. «Tenemos que hablar, Lysa, por favor. Temo por tu salud. ¿Qué te ocurre?» ¿Acaso no lo imaginaba? ¿Tan ciega estaba que no se daba cuenta de que Petyr estaba enamorado de ella? De la perfecta Cat y no de la alocada e irresponsable Lysa, la que hacía todas las travesuras con él y a la que primero había besado. «Cat, por favor, no te hagas la inocente. No creía que fueras capaz de algo tan rastrero.» Su hermana la miraba con extrañeza, sin comprender. «Me acusas de algo que no soy consciente de haber hecho, ni siquiera sé lo que es. Habla con claridad, te lo suplico, para que pueda defenderme», le replicó. Lysa no se lo pensó. «Has seducido a Petyr, a mi Petyr. Estoy enamorada de él y no has podido soportarlo. Te has estado dando aires de gran señora desde que nuestro padre te puso en el lugar de Madre, pero que sepas que no me voy a quedar de brazos cruzados mirando cómo engatusas a mi Petyr. ¡Si hasta quiere ser un caballero para impresionarte!» Catelyn abrió los ojos con sorpresa mientras Lysa seguía hablando. «Te ha besado como nunca me ha besado a mí. Me ha estado utilizando sólo para conseguir un beso tuyo.» «Pero, ¿qué dices?», protestó Cat. «No creo que estés enamorada de Petyr, Lysa. Sólo es un muchacho que es como nuestro hermano. Porque te haya dado dos o tres besos inocentes jugando no es posible que ya lo ames de ese modo. Sabes bien que siempre has sido muy apasionada y te prendas hasta de los bardos que pasan por Aguasdulces. Seguro que el próximo que venga te quitará todas esas niñerías de la cabeza.» Y continuó hablando. «En lo que respecta a mí, me ofende que pienses que he querido robarte a Petyr. El beso que me dio fue parte de un juego tonto y yo ya ni lo recuerdo. Seguro que él también está confuso como tú y pronto se le pasará lo que afirmas que es amor por mí. En cualquier caso, tendrá que olvidarse de lo que sea que sienta…» Lysa se secó las lágrimas que había vertido mientras escuchaba a su hermana. Catelyn le acarició el pelo. «No debería decirte esto, porque Padre me ha hecho prometer que se mantendría en secreto hasta el anuncio oficial, pero a ti no te lo puedo ocultar: voy a casarme.» Lysa abrió los ojos, incrédula. ¡Cat iba a casarse! Ya no habría impedimento para que Petyr se fijara en ella. «Por favor, hermana», suplicó Catelyn, «No le digas nada de esto a nadie. Tampoco a Petyr.» La pequeña de las Tully se lo prometió.

jueves, 30 de agosto de 2012

Capítulo 13


CATELYN

A pesar de que habían transcurrido tres días desde el beso, Cat seguía notando el sabor a menta en su boca. No podía creer lo que le había sucedido: caer en una trampa tan vieja. ¿Cómo esperar eso de Petyr, del chico al que consideraba su hermano? Ahora empezaban a encajar las piezas: el cambio de actitud que notó en él no era tanto porque ella era la señora de Aguasdulces como porque Petyr se había enamorado de ella o, más exactamente, creía estarlo. Era impensable que, después de tantos años, fuera a sentir amor por la que podría ser su hermana mayor. Pero el beso demostraba que la teoría más absurda era la acertada. Nunca la habían besado, eso era verdad, pero le pareció que no había otra explicación a la forma en que Petyr lo hizo. No fue algo inocente, como un simple roce. Su boca se había abierto sobre la de ella, intentando abrirse paso… Sacudió la cabeza. No quería recordarlo. Sentía que era algo ilícito, prohibido. ¡Era como besarse con Edmure! Entonces, ¿por qué se había sofocado tanto? ¿Por qué aún creía notar el calor de su aliento de menta en los labios? Estaba indignada… ¡Su primer beso y recibido de él! En sus fantasías siempre pensó que sería su marido el que la besaría por vez primera… Un hombre y no un muchacho que apenas tenía pelo en la cara.
Decidió no darle mayor importancia al asunto desde el primer día. Si se mostraba como siempre, Petyr se desengañaría y terminaría por olvidar el suceso, y vería que a ella no le había afectado en absoluto. La bofetada podría interpretarse como algo propio de una dama ofendida, y más en el caso de Catelyn, tan defensora del honor. Pero nada más. No convenía evitarlo ni huir de él: eso le haría creer que ella sentía algo o que estaba avergonzada.
Para añadir un problema más, la actitud de Lysa le preocupaba. Desde ese día había perdido el carácter alegre de siempre y se paseaba por el castillo con la cabeza baja. Cat no sabía qué hacer para consolarla ni alcanzaba a entender cuál era el origen de su cambio. Durante dos noches la oyó sollozar en su cama hasta que se quedaba durmiendo y a la mañana siguiente su rostro era casi espectral. Tomó la decisión de hablarle claramente esa misma noche. Su querida Lysa, su hermana y amiga, estaba enfermando y no entendía por qué.
Aquella misma tarde, Lord Hoster Tully regresó de su viaje. Venía con el cuerpo fatigado pero con el espíritu alegre, tal y como Catelyn notó por su manera de saludarla: con un gran abrazo y dos besos en la mejilla. Preguntó por Lysa y ella le comentó que se encontraba un poco mal, pero no era nada grave. Su padre mudó el gesto por uno serio. Cat le quitó importancia al asunto a fin de no preocuparlo. No era frecuente que Lord Hoster se mostrara tan distendido con su hija, de forma que Catelyn quiso alargar ese momento un poco más. El señor de Aguasdulces se quedó callado de repente. Ella le sonrió al tiempo que lo interrogaba con la mirada: otra vez parecía ver en Catelyn a una extraña. Su padre la invitó a sentarse junto a él. Había un asunto importante que tratar y ella era parte del mismo. Cat se puso alerta. «Hija mía, tienes casi dieciocho años, ¿nunca has pensado en que es hora de que contraigas matrimonio y seas la señora de tu propio castillo?» Lo soltó a bocajarro, sin rodeos, a la manera de Lord Tully. Catelyn se quedó petrificada sin saber qué responder. La cara le ardía y bajó los ojos mostrando sumisión. «No, padre, nunca lo he pensado», mintió. «Creía que eso era algo que debíais decidir vos.» Suponía que era la respuesta adecuada en una dama. Andar con pensamientos de amoríos y romances no estaría bien visto en una joven de su posición. «En efecto, querida Cat, así es. Y tu compromiso está establecido desde hace tiempo, pero no ha sido hasta ahora cuando lo vamos a hacer público.» «¿Puedo saber quién es el caballero que será mi futuro esposo?» Temía que se tratara de algún hombre mayor o, peor aún, de algún anciano achacoso, pero confiaba en el amor que le profesaba su padre. «Proviene del Norte. Es Brandon Stark de Invernalia.» ¡Invernalia! Acostumbrada al suave clima de la región de los Ríos, con sólo oír ese nombre un escalofrío recorrió su cuerpo. Decían que allí siempre hacía frío y nevaba todo el tiempo. No lo soportaría. También contaban las viejas tatas que sus habitantes eran gente ruda y salvaje como los lobos huargo y frías como el hielo. Para empeorar las cosas, adoraban a los árboles corazón, mientras que ella era devota de los Siete. Todo era negativo para Catelyn en ese compromiso. Evitó que todas esas cavilaciones se reflejaran en su cara y mostró una gran sonrisa a su padre, mientras le daba las gracias por tan acertada elección. «Al menos espero que sea joven y guapo», pensó para consolarse. No tardaría en comprobarlo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Capítulo 12


PETYR
La tarde de su beso a Cat estuvo caminando en una nube y repitiendo la escena en su cabeza una y otra vez: el rostro confiado de la muchacha, sus ojos cerrados, la boca ligeramente abierta... Lo siguiente (el empujón, la bofetada, la huida), prefería no recordarlo. Tras la marcha de la joven, Petyr se quedó en el bosque de dioses con Lysa, pero de repente ésta no quiso saber nada más del juego de los besos. Le recriminó su manera de utilizarla, porque había visto claramente cómo besaba a Catelyn, con un ansia que no ponía cuando la besaba a ella. Y eso que fue algo breve. Petyr trató de convencerla de que se había limitado a cobrarse su prenda y no le pareció mal hacerlo en forma de beso. Además, unos momentos antes la había besado a ella de manera diferente, pero nada haría que Lysa creyese su mentira. Podía ser una niña simple, sí, mas no se le escapaba que algo raro había entre él y su hermana. «¡Has cerrado los ojos mientras la besabas! ¡Nunca los cierras conmigo, a veces abro los míos y te veo mirando hacia otro lado!», protestó.  Él no halló la manera de convencerla a través de las palabras ni de los actos. Quiso abrazarla, pero ella se zafó con rapidez y también salió corriendo. No entendía su actitud. Con Lysa todo había sido un simple juego y nada más.
Durante los tres días que vinieron, el ambiente en Aguasdulces estaba enrarecido. En la mesa no se oían risas sofocadas ni cuchicheos. Los sirvientes respiraban tranquilos al ver que, por fin, los niños díscolos se habían convertido en adultos y se librarían de sus travesuras. Catelyn actuaba como si nada hubiese pasado, pero Lysa andaba con una expresión entre triste e indignada todo el día, como un alma en pena. Ya no iba al bosque de dioses con Petyr, ni quería compartir con él ningún secreto o trastada. El muchacho decidió entretenerse de otra manera esos primeros días. Acudía a la biblioteca a leer tomos de tema histórico y también los viejos libros de cuentas de Aguasdulces. La economía era lo suyo desde los tiempos lejanos de Los Dedos. Desde pequeño había sido muy listo a la hora de sacar dinero de inocentes negocios. Le entusiasmaba ver cómo crecían sus ahorros. De hecho, desde que llegó a la región de los Ríos, Lord Hoster le había encargado algunos asuntos de este tipo y consiguió reunir una pequeña cantidad de dragones en su habitación… pero era una fortuna miserable con la que no podría comprar ni un cochinillo.
Un día se le ocurrió ojear por curiosidad uno de esos libros diminutos y llenos de ilustraciones coloridas que tanto entusiasmaban a Lysa y que recogían cuentos y poesías de las que recitaban los bardos. El elegido por Petyr contaba la historia de un joven muchacho de origen humilde que se enamora de una princesa, cuyo padre la había encerrado en una torre de oro y cristal para que nadie se la robara. El joven, a pesar de ser pobre, era ingenioso y con su astucia consigue incluso vencer en un duelo al guardián de la torre, un gigante peludo y fiero. Petyr se rió de semejante historia, pero le gustaba pensar que los débiles y pequeños vencían a los grandes y poderosos. La realidad, tristemente, era otra: el dinero y la fuerza física eran las armas más poderosas y él no tenía ninguna de ellas. En un mundo como el suyo, la gente que sólo contaba con su inteligencia no triunfaba. Como mucho se limitaba a sobrevivir. Eso era lo que sentía que había estado haciendo durante toda su existencia. Y se odiaba por ello.

martes, 28 de agosto de 2012

Capítulo 11

 
CATELYN
La curiosidad pudo más que la discreción. Catelyn no lograba encontrar tiempo entre sus obligaciones como señora de Aguasdulces para averiguar qué se traían entre manos Lysa y Petyr. Apenas comían, salían corriendo al bosque de dioses, situación que llevaba repitiéndose toda la semana desde que Lord Hoster Tully estaba ausente. Ese día decidió de una vez por todas que sabría de qué se trataba. Ahora Petyr parecía ser el mismo, bromeaba con ella, incluso la colmaba de atenciones durante las comidas, y Catelyn no sabía si era una actitud sincera o trataba de lograr algo que estuviera en su mano. Era un experto en lisonjear para conseguir lo que quería, lo conocía bien, pero se alegraba de haberlo recuperado. 
Ese día, haciendo caso omiso a su sentido del deber, descuidó las obligaciones de la tarde y marchó hacia el bosque de dioses. Pronto divisó a la feliz pareja. Su actitud al verla fue un poco extraña, como si estuvieran incómodos por algo. Petyr la miró anhelante, mientras que Lysa lo observaba a él con inquietud. Llegada a su altura, les preguntó que qué hacían. «Jugar al juego de la verdad», dijo atropelladamente Petyr, antes de que Catelyn hubiera terminado la pregunta. Lysa se había quedado con la palabra en la boca y frunció el ceño. «Lo que me recuerda que me debes una prenda, Cat», añadió Petyr pasando su mano por la pelusilla que empezaba a crecerle en el mentón. Ella se sentó junto a ambos con aires de persona mayor, dispuesta a enfrentarse al desafío. Pensó que Petyr seguramente le pediría algo desagradable como comerse un gusano o alguna tontería parecida. «Ahí va: sólo tienes que cerrar los ojos.» «¿Nada más que eso? Qué fácil», respondió Cat. Lysa miraba con desconfianza a ambos. Catelyn bajó los párpados y de repente sintió un olor a menta y la boca de Petyr sobre la suya, besándola con apasionamiento, como intentando saborear el breve momento. Cat, tras unos instantes en que quedó paralizada, abrió los ojos y, dando un respingo, empujó al muchacho hacia atrás y le dio un bofetón seco. El pecho le subía y bajaba rápidamente y notaba la cara encendida, algo que el chico parecía ver con agrado a pesar de la humillación sufrida. Ella salió corriendo sin mirar hacia atrás ni atender los gritos de Petyr llamándola por su nombre.

lunes, 27 de agosto de 2012

Capítulo 10


PETYR
No daba crédito. Había bajado la guardia y todo por querer agradar a Cat. Su tonta y loca idea de ser un caballero ya que no podía ser un rico señor le había hecho perder facultades. Lysa, la simple de Lysa, le había pillado en una mentira y conseguido algo que sospechaba que llevaba tiempo queriendo obtener de él: saber cómo era un beso de menta, vaya tontería. No era cuestión tampoco de hacer un drama de ello, pero habría querido tener su primera experiencia con su adorada Cat. Lo miró por el lado bueno: podría servirle para aprender. De hecho, había sido un beso bastante torpe, un estrujamiento de sus labios contra los de Lysa, que se abrían ansiosos. No era la primera vez que ella besaba a un chico y se notaba. Petyr despegó sus labios tímidamente pero volvió a cerrarlos sin saber qué hacer a continuación. Lysa se dio por satisfecha de todas formas. Cuando se separaron, la muchacha tenía las mejillas arreboladas y los ojos cerrados con una expresión de deleite. Petyr estaba desconcertado porque sentía calor de la cabeza a los pies. Nunca había pensado en Lysa en ese sentido: su objeto de adoración era Cat. Por esa razón se extrañó de la reacción de su cuerpo. Si había sido así con Lysa, no podía imaginar cómo sería con su Cat. Y tenía claro que lo averiguaría.
Era la hora de comer. En el salón principal del castillo se había preparado una mesa con varios manjares, casi todos los preferidos de Edmure, según órdenes de Catelyn: empanada de lamprea, tortas de manzana con miel, pato regado con vino dulce… Durante la comida, Lysa no paraba de hablar aprovechando la ausencia de su padre, mirando una y otra vez a Petyr con malicia. Éste la esquivaba al principio, pero tomó la decisión de mantenerle la mirada y sonreír como cuando de niños compartían un secreto. A Lysa pareció agradarle y le guiñó furtivamente un ojo mientras le tiraba un pequeño beso. Petyr rió por dentro. Para ella era un juego como los de la infancia. Él lo usaría como instrumento para conseguir lo que quería. De pronto sintió los ojos de Cat sobre él. Giró la cabeza hacia ella y sonrió. La muchacha le devolvió la sonrisa con un gesto interrogante. La tenía desconcertada. Eso no estaba mal. Si Cat también bajaba la guardia, podría cobrarle la prenda fácilmente.
Durante varios días, Lysa y Petyr fueron al bosque de dioses agarrados de la mano a jugar al juego de la verdad, que a partir de ese momento y por imposición de Lysa se llamaba el juego de los besos. Ya no consistía sólo en preguntar y responder, sino también en besarse cada vez más cerca de la boca empezando por alguna parte absurda del cuerpo: un pie, una rodilla, una oreja… Lysa estaba encantada. Petyr accedía a sus peticiones con sumisión mientras imaginaba que besaba a Cat. Acababa agotado por la excitación y por las noches casi no dormía imaginando qué sentiría si jugara con la mayor de las Tully. Los sueños estaban muy lejos de ser reparadores. Siempre aparecía la misma muchacha blanca, con el pelo castaño y parecida a su amada, que lo miraba amorosamente mientras le ofrecía sus labios bajo la nieve, pero nunca se dejaba besar, dejándolo insatisfecho y desazonado al despertar.
Lo que Petyr consideraba una especie de entrenamiento bastante más interesante que el de la espada, se convirtió casi en un ritual tras las comidas.  Cierto día, llegado el turno de Petyr, y cuando apenas habían empezado a jugar, se lanzó a la boca de Lysa, esta vez abriendo los labios e intentando meter su lengua entre los de ella. La muchacha se apartó con la respiración entrecortada. Él pensaba que lo estaba haciendo bien y, dada la experiencia de la chica, creyó que eso no debería sorprenderla. Le preguntó tímidamente si había algún problema, a lo que ella respondió que todo lo contrario, sólo que veía que aprendía rápido. Lysa decidió que el juego se había acabado cuando, de repente, Catelyn se presentó ante ellos.

Capítulo 9


CATELYN
Su padre la había llamado a su presencia con una urgencia rara en él. Lord Hoster Tully era una persona muy metódica, odiaba los imprevistos. Por esa razón, Catelyn se sorprendió por la celeridad con que requería ver a su hija, sin tiempo apenas de arreglarse para ver a su padre. Estuvo lista en escasos minutos gracias a la ayuda de dos sirvientas y pronto se presentó en el salón principal.
Lord Hoster mostraba un rostro taciturno. Cat creyó que estaba enfermo y le preguntó si se encontraba bien. Su padre pareció salir de un trance y sonrió con cariño a su hija, mirándola de forma peculiar, como si fuera una extraña. La muchacha empezó a preocuparse seriamente e insistió en su pregunta. «Sí, sí, no ocurre nada. Sólo estaba sumido en mis pensamientos.» Desde que murió Lady Minisa Whent, su madre, la salud de Lord Hoster había sufrido un pequeño deterioro y Catelyn temía que su hermano tuviera que asumir demasiado pronto el gobierno de Aguasdulces. Ser la señora del lugar no era ni mucho menos una responsabilidad tan grande como ser el señor, aunque requería un esfuerzo supremo para una muchacha joven como ella. De cualquier modo, sentía que no estaba lejos el día en el que se casaría y a veces se preguntaba a qué esperaba su padre para anunciar su compromiso con algún caballero de las numerosas casas de Poniente.
Todo esto pensaba Catelyn mientras su padre le hablaba de un viaje corto que tenía que realizar para tratar asuntos que afectaban a la región de los Ríos. A Cat no le interesaba la política ni entendía nada de acuerdos, tratados o alianzas, así que simplemente se dedicó a escuchar con aparente atención pero sin enterarse realmente de nada. Lo único que importaba es que Aguasdulces quedaba a su cargo por el momento. Era en situaciones como ésta cuando Catelyn echaba de menos la presencia de su tío Brynden, el autoproclamado Pez Negro, que rehusaba obedecer cualquier mandato de su hermano. Su negativa a casarse por interés motivó un conflicto entre dos hermanos que habían sido uña y carne. Cat no podía imaginar una situación semejante entre ella y Lysa. Se querían como si fueran hermanas gemelas, no permitiría jamás que algo así ocurriera entre ellas.

domingo, 26 de agosto de 2012

Capítulo 8


PETYR
Estaba destrozado. Nunca habría imaginado lo duro que era entrenarse para ser un caballero y empezaba a tener claro que no valía para ello, nunca lo había valido. La verdad era que no le interesaban las gestas militares. Lo suyo siempre fue intentar saber cómo se enriquecía la gente. Había oído hablar de la mítica riqueza de los Lannister de Roca Casterly y de que su origen estaba en que Lord Tywin Lannister cagaba oro. Él no creía esos cuentos de tatas viejas, por supuesto, pero tampoco llegaba a hacerse una idea de cómo acumularon tanto poder económico. En la biblioteca de Aguasdulces no halló respuesta y eso le deprimía. Aunque lo triste era que él no tenía dinero ni tampoco era un caballero, así que el pedestal sobre el que se sentaba Catelyn se le antojaba cada vez más alto.
Dejó la espada dentro de un saco de serrín que nadie había tocado en años, se colocó el jubón y salió del castillo. Lo que más le apetecía era darse un buen baño en el río. El agua fría entumecería sus agotados miembros y le haría olvidar el dolor que tenía en ellos. Pronto llegó a la ribera y contempló la unión entre el Piedra Caída y el Forca Roja. Los miembros de la familia Tully eran enterrados en esas aguas según la tradición. Pensó que a lo mejor se impregnaba de algo de ellos al bañarse allí. Sin dudarlo, se quitó la ropa y se zambulló en el agua. No tenía fuerzas ni para nadar, así que se dejó mecer con cuidado de que la corriente no se lo llevara demasiado lejos. Cuando empezó a sentir frío, salió del agua para secarse al sol antes de vestirse, pero por poco tiempo. No le gustaba verse el cuerpo delgado, sin un ápice de músculo, y con apenas un rastro de vello en el pecho y en la ingle. Pensaba que, al crecer, se convertiría en un hombre alto y fuerte, pero se dio cuenta de que eso había que trabajarlo, sobre todo la fuerza. Lo de la altura ya no tenía remedio. Meñique… era Meñique, a su pesar. Se rió de sí mismo y, sin pensarlo, gritó «¡Caaaaaaaaaaaaaaaaaaaat!»
Se vistió y se sentó un rato para recuperar fuerzas del todo. De pronto apareció por allí Lysa, lo que le extrañó teniendo en cuenta lo poco que le gustaba madrugar. Ella se aproximó sonriente, con aire decidido, y le dio los buenos días. Petyr le devolvió el saludo mientras trataba de traducir lo que veía en sus ojos. ¿Lo habría estado espiando? No lo creía; al menos no lo imaginaba de ella. Él era su cómplice en todo, de forma que no le cuadraba la idea de que ahora se convirtiera en víctima de alguna travesura diseñada por ella. Empezaron a hablar de temas sin importancia hasta que Lysa le preguntó que qué hacía allí tan temprano. «Nada, sólo vine a tomar un poco de aire fresco. Ya sabes que las cuatro paredes del castillo me agobian», se excusó él. Ella lo miró de soslayo con un gesto que denotaba poco convencimiento. «Juguemos al juego de la verdad», propuso Lysa. Empezaron con preguntas tontas que respondían con mentiras sólo por divertirse pidiendo y pagando prendas absurdas: colgarse boca abajo de un árbol, mojarse la cabeza en el río, masticar un puñado de hierba... Era el turno de Lysa. De repente,  su rostro se tornó solemne. «¿Es verdad que estás entrenándote en secreto para ser caballero?» Petyr no cambió de expresión a fin de no verse descubierto. Después empezó a reírse de manera teatral, revolcándose por la hierba mientras Lysa lo miraba seria. Él siguió con la pantomima hasta que ella se cruzó de brazos y lo asesinó con los ojos. Petyr dejó de fingir diversión y le dijo que no con decisión. La muchacha se levantó de un salto. Pensó que se marchaba enfadada, pero Lysa se dirigió hacia un árbol cercano. De un hueco del tronco sacó la espada con la que Petyr se había estado entrenando un rato antes. Su tez morena se puso pálida. No podía ser. Él era un maestro a cualquier juego, no estaba preparado para perder. «Tienes que pagarme una prenda», sentenció Lysa con una sonrisa entre pícara y divertida. «Pero antes, échate una hoja de menta a la boca.»

sábado, 25 de agosto de 2012

Capítulo 7


LYSA
Por una vez en su vida, Lysa se levantó antes que su hermana. Discretamente se vistió y bajó a la cocina. Esperaba encontrar a Petyr, pero observó por los restos sobre la mesa que él había sido aún más madrugador. Él y sus misterios. Subió a la biblioteca: no halló su rastro tampoco allí. Bajó las escaleras con cuidado, pensando que podría sorprenderlo por alguno de los pasillos del castillo escuchando las conversaciones de los criados, agazapado y mirando por alguna cerradura. Todo desierto. Ya llevaba un tiempo en el que lo notaba un tanto esquivo y también distraído, sobre todo cuando estaban los tres juntos. En la mañana anterior creyó ver un destello de su antiguo amigo cuando estaban con Cat: la picardía de sus ojos, la sonrisa satisfecha al vencer a su hermana en el juego de las prendas… Era toda una novedad desde hacía un año, cuando notó el cambio que se produjo en el chico. Se sacudió la melena castaño rojiza con fuerza, como si con ese gesto pudiera también eliminar esos tontos pensamientos de su mente.
Salió al patio. Oyó un golpeteo extraño cerca del lugar de entrenamiento de Edmure. Con sigilo, se acercó a observar de dónde provenía ese sonido. No parecía el martillo del herrero sobre el yunque, porque no era un ruido metálico. Además, era demasiado temprano como para que se estuviera trabajando en la herrería. Fue desplazándose pegada a la pared hasta que llegó al quicio de la puerta del cobertizo donde se guardaban trastos de poco uso. El sonido era ahora más claro. Parecía que algo de madera golpeara sobre una piedra. Se asomó con cuidado hacia el interior y lo que vio la dejó sin aliento: Petyr blandía una espada de entrenamiento y con ella lanzaba estocadas contra una piedra de amolar rota. Se había quitado el jubón y dejado la camisa de lino, que se había abierto por los movimientos torpes que el muchacho hacía. El sudor empapaba el pelo rizado y de vez en cuando se pasaba la mano por la cabeza. A Lysa le pareció adorable. No tenía el porte de un caballero luchador, ni tampoco era un muchacho de aspecto fuerte, pero la idea de que quisiera serlo le gustó tras la sorpresa inicial. Petyr nunca había demostrado interés por las armas y Lysa se preguntaba por qué ahora sí. Decidió averiguarlo y la única manera de hacerlo era continuar espiándolo. Sin duda había tenido al mejor maestro para seguirlo sin ser notada.

viernes, 24 de agosto de 2012

Capítulo 6


PETYR
El día había ido mejor de lo que esperaba. Primero había asistido a la derrota humillante de Edmure frente a un mozo de los que usaban para los entrenamientos. El niño, a pesar de tener sólo diez años, era orgulloso y aquello le dolió. Petyr sintió un calor reconfortante por dentro cuando lo vio en el suelo, lloroso y con las mejillas coloradas, más por la vergüenza que por el esfuerzo del combate. Ahora sabría qué era la humillación. En esos momentos, Petyr recordó cómo un año antes Edmure le había dejado en ridículo delante de Cat y Lysa. Era más de lo que podía soportar. Estaban jugando al sitrang una noche y el niño no hacía nada más que incordiar de un lado para otro. Petyr le recriminó la actitud diciéndole que los bebés no deberían estar levantados a esas horas molestando a las personas mayores. Edmure, ofendido, le dijo que qué tenía él de persona mayor, cuando no era más que el meñique de Los Dedos. Petyr procedía de la parte más pequeña de esa región, lo que unido a su estatura, hacía de este comentario algo bastante ingenioso. Lo que más le dolió fueron las risas de las dos hermanas ante la ocurrencia de Edmure. Era el niño mimado de todos los Tully por su condición de heredero, así que el apodo de Meñique se hizo popular en Aguasdulces para referirse a Petyr. Él siempre aparentaba no sentirse molesto cuando lo escuchaba, pero Lysa sabía que era uno de su puntos débiles y lo atacaba con ese nombre cuando estaba enfadada con él o simplemente para hacerlo rabiar.
También había dado un pequeño paso en su nueva manera de relacionarse con Cat. Desde su llegada, Lysa y ella lo habían acogido como a un hermano, pero Petyr estaba experimentando un sentimiento nuevo hacia la mayor de las Tully. Los juegos de la niñez empezaban a quedar atrás y notó que ahora descubría a una nueva Catelyn. De alguna manera, ella fue siempre su preferida. La madurez que demostraba, su sentido del honor, la forma en que amablemente reñía las travesuras de Lysa…, todo ello conformaba un conjunto de virtudes que a Petyr le parecían excepcionales en una persona tan joven. Ahora que era casi una mujer de dieciocho años, Petyr se dio cuenta de que ya no la miraba como a una hermana. La belleza que contempló por vez primera en una niña de nueve años había ido incrementándose, haciendo de ella una encantadora joven en todos los sentidos. Petyr se descubrió un día mirándola embobado, sintiendo una punzada extraña en la parte baja del estómago. Ella le había devuelto la mirada, sonriendo, pero como siempre lo hacía: como cuando sonreía a Edmure. Petyr bajó el rostro, dolido sin tener muy claro por qué, y ahí empezaron los días de sufrimiento.
Buscó un apoyo en Lysa, que era sólo un año mayor que él. Desde que llegó a Aguasdulces, ella lo había seguido en todas sus aventuras como un perrillo. Lo buscaba desde el mismo momento en el que se levantaba de la cama y no hacía nada sin consultar antes con Petyr. Notó que la fascinaba su manera de ser y usó eso como un comodín para lograr cosas cuando quería. Fingía enfadarse con ella si le hacía la contra, con lo que Lysa volvía suplicante y llorosa para que hicieran las paces y volvieran a ser amigos. Con Catelyn nunca le habían valido esas tretas, pero hasta ese momento no le importó. Ahora que actuaba plenamente como señora del lugar y la empezaba a adorar en la distancia, sí consideraba una derrota el poder que ejercía sobre él. De alguna manera, la posición social que ella tenía incrementaba el atractivo de la joven, a la vez que la hacía inalcanzable para un don nadie como él. Petyr, que siempre se había considerado una persona con recursos, por primera vez no tenía una solución fácil a un problema: el de acercarse a Catelyn y desvelarle sus sentimientos.
Mientras se desvestía en su habitación para acostarse, Petyr no paraba de darle vueltas a la prenda que pediría a Cat. No sabía hasta qué punto ella tomaría un simple juego tonto como una obligación, aunque conociendo su sentido del honor imaginaba que no pasaría por alto la palabra dada al muchacho de que pagaría su deuda. En realidad tenía claro qué pedirle; lo que no tenía tan claro era cómo y la forma en que ella reaccionaría. Envuelto en esos pensamientos, se durmió y soñó que él era un poderoso señor y Cat una sumisa adolescente a la que abrazaba, mientras la nieve caía sobre su melena de pelo castaño.

Fuente imagen: http://elysiumtan.tumblr.com/

jueves, 23 de agosto de 2012

Capítulo 5


CATELYN
Se recostó bajo un árbol a reflexionar sobre la actitud de Lysa. No creía haber dicho o hecho nada que la molestara, pero últimamente su hermana era impredecible. Tenía un corazón generoso, quizá demasiado, pero su carácter era voluble como el viento. Pasaba de la alegría a la tristeza en un abrir y cerrar de ojos, aunque lo peor eran los ataques de ira. Gracias a los dioses, esta vez se había librado de uno de ellos. Borró esos pensamientos de su mente y se dispuso a disfrutar de un momento de relajación, alejada de las obligaciones como señora de Aguasdulces, e intentó imaginarse cómo sería su vida como esposa de algún caballero y dueña de su propio castillo. Nunca le ponía cara a su futuro esposo, pero en conjunto era un hombre joven, con el pelo largo y castaño y los ojos marrones, alto y fuerte. Y con barba. Le encantaban las barbas porque le parecían muy masculinas. Todas estas ideas nunca las compartía con Lysa. Creía que ella las utilizaría en su contra cuando Cat le recriminara sus fantasías amorosas propias de un bardo. No quería mostrar ningún punto débil delante de ella: Catelyn era el espejo en el que Lysa debía mirarse, no podía tener defectos.
Un ruido como de hojas secas al ser pisadas la sacó de su ensoñación. Seguidamente oyó unas risas ahogadas y pronto se dio cuenta de que eran Petyr y Lysa. Se incorporó sonrojada y ellos estallaron en fuertes carcajadas, aunque Petyr cerró de repente la boca cuando Cat lo miró con desdén. Volvió a ser ese muchacho extraño en el que se había convertido y que apenas la miraba a la cara. Lysa le dio un codazo en el vientre, entre enfadada y juguetona, para que reaccionara.
Se acercaron hacia donde estaba Catelyn. Lysa se mostraba locuaz, sin parar de hablar de cómo Edmure había sido derrotado durante el entrenamiento y, enfadado, había roto la espada de madera en dos. Petyr hacía como que escuchaba el relato, pero no miraba a Lysa, sino a Cat. Ella no le dirigió la mirada en todo el tiempo, aparentando que él no existía. Su manera de comportarse durante el desayuno merecía un castigo. Si no quería nada con ella, ella no deseaba tampoco nada con él. Petyr no pareció captar la indirecta y siguió mirándola furtivamente, con los labios fruncidos. Cuando Lysa terminó de contar la historia que ninguno de sus interlocutores escuchó, invitó a Petyr a narrar uno de sus cuentos de miedo. Catelyn sospechaba que su hermana echaba de menos al compañero de juegos, ése que desaparecía cada vez que ella estaba delante. Volvió a sentir la punzada de culpabilidad y miró hacia él, sonriendo. Petyr se sobresaltó al verse descubierto observándola y se pasó la mano por el pelo rizado, agarrando nerviosamente el mechón de pelo blanco. «No se me ocurre ninguna…», se excusó. «Sin embargo, creo que podríamos jugar a algo…» Cat no supo interpretar los ojos de Petyr. «¿Qué estará tramando?», pensó. No le gustaba desconfiar, pero Lord Hoster le decía siempre que la desconfianza era un arma poderosa. No creía que un simple juego de niños fuera algo por lo que preocuparse e instó a Petyr a explicar en qué consistía. «Se trata del juego de la verdad. Se hacen preguntas y, si se miente, hay que pagar una prenda.» «¿Cómo vas a saber que se dice una mentira?», se quejó Lysa. «Eso es imposible.» «No lo es», respondió Petyr, «porque yo tengo poderes mágicos y sé leer la mente.» Lysa soltó una carcajada ante semejante mentira y le dijo que tenía que pagar una prenda. Él sonrió maliciosamente y le dijo que se la cobrara si quería. Lysa se quedó pensando con aire divertido. Cat temía lo peor, pero su hermana fue comedida y sólo le exigió lamer una piedra llena de musgo. Petyr aceptó el reto: pasó la lengua por la piedra con aire digno e inmediatamente después escupió divertido y se echó una hoja de menta a la boca. Era su turno. Miró a la cara a Lysa, pero pareció cambiar de opinión y dirigió sus ojos verdegrisáceos hacia Cat. Ésta notó la sorpresa de su hermana, pero sostuvo la mirada de Petyr de forma desafiante. No tenía miedo a la pregunta, no tenía nada que ocultar. El muchacho sonrió ligeramente, como avergonzado, pero su forma de mirar no denotaba inquietud, sino seguridad. «¿Sueñas con un caballero de cabello castaño y largo, ojos marrones, alto y fuerte y con barba para casarte con él?» Cat se sonrojó. ¿Cómo podía saber aquello? Su discreción era conocida. ¿Tendría realmente poderes mágicos? Petyr sonrió con aire satisfecho. Ella contestó que no, que no pensaba en casarse todavía y menos había imaginado a su futuro esposo, pero Lysa empezó a gritar entre risas que mentía claramente, que se había puesto colorada y que debía pagar prenda. Petyr bajó la cabeza. «Creo que tengo que pensar muy bien qué prenda me debes pagar, Cat.» Y se echó otra hoja de menta a la boca que sonreía burlonamente.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Capítulo 4


LYSA
Apenas terminó de desayunar en soledad, Lysa corrió hacia el bosque de dioses. Cuál no sería su decepción cuando no encontró allí a su compañero de juegos. Se sintió defraudada. ¿Dónde andaría? Era raro que Petyr no estuviera esperándola. ¿Qué otra cosa podría hacer si no? Ah, claro, a lo mejor estaba en la biblioteca, empapándose de la historia de los Siete Reinos o algo aún más aburrido. Ella ya no le veía ningún interés a todo eso, eran cosas que habían ocurrido en tiempos remotos y no había ni pizca de romance en esos relatos. Sin embargo, Petyr consideraba la biblioteca de los Tully un tesoro todavía por descubrir. Recordaba la cara que puso el niño la primera vez que entró. Sus extraños ojos se abrieron de par en par, como queriendo abarcar de una sola vez todo lo que allí había. A partir de ese momento se mostró muy interesado en varios volúmenes que a Lysa le parecían un aburrimiento. «El conocimiento es poder», decía Petyr. Él y sus sentencias. Prefería la de las manos limpias y el aliento con sabor a menta. Al chico le había dado por andar masticando hojas de esa planta a todas horas, «Por lo que pudiera pasar», respondía él con aire misterioso cuando le preguntaban por qué lo hacía. Ella sabía muy bien a qué se refería. De hecho, en las canciones de los bardos las doncellas tenían aliento de fresa y los caballeros sabían a menta. «Así los besos sí serán maravillosos», imaginaba Lysa. Sería cuestión de comprobarlo.
Dio media vuelta y desanduvo sus propios pasos hacia el castillo. De camino se tropezó con Cat. ¿Qué hacía ella por allí? Empezaba a perder los nervios: Petyr no estaba y su hermana venía al que ahora consideraba su coto privado. El mundo al revés. Lysa intentó aparentar alegría al ver a Catelyn, pero nunca había sido su fuerte ocultar sus sentimientos. Petyr le decía que en el mundo todo eran apariencias y debía aprender a actuar, a mentir. Y lo decía precisamente él, que últimamente se comportaba como un imbécil cada vez que Cat entraba en la habitación y hacía acto de presencia. Delante de su hermana Petyr era otro… ¿O era realmente él? Toda esa tontería de las apariencias podría estar utilizándola con ella. El niño divertido, locuaz y hasta un poco canalla que había conocido nueve años antes quizás no existía. De hecho, su lema de las manos siempre limpias y la cara de niño bueno lo hacían parecer un ser inocente frente a su padre cuando se descubría alguna de sus travesuras. Creía conocerlo, pero empezaba a darse cuenta de que no. Sin embargo, Lysa atesoraba el tiempo que pasaba con él porque la escuchaba, daba vuelos a sus fantasías y era un apoyo cuando Lord Hoster o Catelyn le afeaban la conducta.
Cat le preguntó por Petyr. Lysa, un poco celosa, contestó secamente que ella no era su guardiana, que a lo mejor estaba en la biblioteca. Vio a su hermana poner cara de sospecha… ¿Qué demonios quería de ella? Bastante fastidiada estaba ya por no poder estar con Petyr para que ahora viniera a recriminarle algo. Pero no fue así. Catelyn simplemente siguió andando hacia el bosque de dioses como si nada hubiera pasado. Lysa la vio alejarse con recelo y se dirigió como un torbellino hacia el castillo. Notaba las mejillas ardiendo y las lágrimas a punto de brotar. Y no sabía por qué. A veces le ocurrían esos ataques de ira cuando le parecía que todo se ponía en su contra, y más valía no estar cerca de ella en esos momentos.
Al pasar por el patio de armas vio a Edmure entrenando. Tenía el porte de los Tully y sería un auténtico caballero. Pensó que podría quedarse allí, observando a su hermano para calmar los nervios y distraerse, pero al buscar con los ojos un sitio en el que sentarse, vio a Petyr. ¿Así que por esto la había dejado en el bosque de dioses esperando? Ahora ya sí que no entendía nada. Volvió a sentir la sangre subiendo a sus mejillas y salió disparada hacia él, dispuesta a echarle en cara su comportamiento. Petyr la vio y su rostro mudó en un sutil instante. De unas cejas fruncidas por la concentración pasó a una mirada relajada con una encantadora sonrisa un tanto ladeada. Lysa apenas pudo resistirse a ese gesto. No sabía cómo, pero Petyr lograba cambiar su estado de ánimo sólo con mirarla. Al llegar a su altura, el muchacho se puso de pie y le tendió una mano, invitándola a sentarse. Lysa estaba aún desconcertada, pero aceptó el ofrecimiento. Petyr se acercó a ella y le pasó un brazo por el hombro. «¿Qué te ocurre, Lysa? Pareces a punto de llorar», le dijo de forma susurrante. «Nada, sólo que esperaba que me contaras una de tus historias en el bosque de dioses», respondió ella con la voz quebrada. «Eso está hecho. En cuanto Edmure termine este combate, vamos para allá. Es que no quiero perderme su humillante derrota», dijo mirando fríamente hacia el futuro Lord Tully.

martes, 21 de agosto de 2012

Capítulo 3


CATELYN
Se había levantado con sigilo y vestido sola para no despertar a su hermana. La sirvienta le había dejado preparada la ropa la noche antes. Un vestido azul cielo, con pequeñas truchas saltarinas bordadas en torno al cuello, símbolo de los Tully de Aguadulces. Tenía que estar perfecta para realizar su tarea como señora del lugar. Lo asumía sin quejarse, pero en el fondo envidiaba a Edmure y a Lysa. A él porque podía estar toda la mañana adiestrándose con la espada, desfogándose; a ella porque no le importaba que la tacharan de irresponsable. Lysa era un espíritu libre, algo que Catelyn sabía que jamás conseguiría ser.
Tras arreglarse diestramente el cabello, bajó a la cocina a desayunar. Allí ya estaba Petyr, cabizbajo, tomando unas gachas acompañadas con cerveza ligera. Desde hacía un año, todas las mañanas ocurría lo mismo: por mucho que madrugara, Petyr lo hacía antes que ella, como si intentara evitar un encuentro. Últimamente sentía un vuelco en el estómago cuando lo veía. Lo quería como a un hermano: junto a Lysa, habían sido tres compañeros inseparables; pero desde que Cat asumió el papel de señora de Aguasdulces, el carácter de Petyr había cambiado y ella no llegaba a adivinar qué escondía ese muchacho en su interior. En su presencia se mostraba retraído, casi avergonzado. Los esfuerzos de Catelyn por demostrarle que seguía siendo la misma habían sido inútiles. A veces se sorprendía mirándolo fijamente, como si intentara leer su mente, sacar de esa cabeza de pelo negro los más ocultos pensamientos. En esos momentos él levantaba la mirada y la escudriñaba con unos ojos extraños. Los tenía de un gris verdoso, felinos, y a Cat le parecía que eran realmente el espejo de su alma.
Se sentó frente a Petyr y empezó a desayunar. Intentó darle un poco de conversación, pero el muchacho estaba especialmente taciturno y apenas pudo arrancarle dos o tres frases sobre el tiempo. Petyr aceleró su comida y se despidió de Cat mirándola de reojo. Sonrió con la boca al decirle hasta luego, apenas un gesto, pero no con los ojos. Catelyn siempre notaba una punzada de culpabilidad por la aparente tristeza de Petyr. Cuando él estaba con Lysa, se reía y se mostraba como ella lo recordaba: natural, distendido y confiado; pero en cuanto ella aparecía al chico se le borraba la risa de la boca y la mirada se hacía esquiva. Cat no entendía nada. Desde el primer momento en que se vieron disfrutaron de una mutua confianza, pero ahora Petyr no le dejaba entrar en su interior. Sentía celos de Lysa, porque con ella aún compartía secretos, cuchicheaba y le decía cosas al oído, cosas divertidas que hacían que Lysa estallara en carcajadas en medio de las comidas, mientras Lord Hoster miraba con severidad a Petyr. Éste siempre bajaba la cabeza contrito, mientras miraba de reojo a su cómplice de travesuras, ahogando una risita.
Lo cierto es que el muchacho seguía teniendo el mismo encanto que cuando lo conoció. O eso parecía por lo que Lysa le contaba. Por las noches, antes de dormir, le narraba con todo lujo de detalles lo que hacía con Petyr: contar historias de miedo, correr por el bosque de dioses, hacer travesuras por el castillo, espiar los cotilleos de los sirvientes… Lo mejor de todo es que casi nunca los sorprendían con las manos en la masa y tampoco había manera de culparlos de las pequeñas gamberradas que hacían. Según Lysa, Petyr tenía ahora un dicho: las manos siempre limpias y el aliento siempre con sabor a menta. Esto último era algo que Cat no entendía. ¿Sabor a menta? ¿Para qué? Cosas de niños, suponía.
Finalizó su desayuno y se presentó ante su padre. Lord Hoster le indicó que esa mañana no habría ningún tipo de audiencia debido a que las lluvias de las últimas semanas habían dejado los caminos impracticables. Los vasallos de Aguasdulces no podían acceder a la fortaleza cuando esto ocurría, cosa que era frecuente incluso antes de acercarse el invierno. Catelyn preguntó a su padre si necesitaba algo más de ella, a lo que Hoster respondió que no, que podía emplear la mañana en lo que quisiera. No era frecuente encontrase con tiempo libre en el último año, de modo que no sabía exactamente qué hacer. ¿Leer? No, no le apetecía encerrase en una mañana tan templada. ¿Ver a Edmure entrenarse? Tampoco. Sus bravuconerías de niño a veces la enervaban. Decidió que se acercaría al bosque de dioses un poco más tarde, a ver qué tramaban Lysa y Petyr.

Capítulo 2


LYSA
            Hacía rato que el sol había salido, pero Lysa aún seguía en la cama. Al despertar, miró hacia la derecha y comprobó que su hermana ya no estaba en su lecho. Catelyn siempre había sido así: madrugadora, responsable, perfecta. Lysa la quería y deseaba ser como ella, de hecho eran muy semejantes físicamente, pero a veces tenía la sensación de que nunca podría igualarse a Cat. Al ser la mayor, Catelyn había asumido el papel de señora de Aguasdulces hacía un año, aunque su madre faltaba desde hacía casi diez. La mayor de las Tully sabía cuál era su cometido: casarse con un caballero y darle hijos. Lysa, sin embargo, era más rebelde en ese aspecto. Desde niña había andado envuelta en ensoñaciones de amores románticos, como los de las canciones y cuentos, y había sido muy enamoradiza. Se encaprichaba de cada bardo y poeta que pasaba por el castillo, y siempre el siguiente era mejor, más guapo y más galante que el anterior. Cat le advertía de que no cometiera ninguna locura, recordándole que era una dama de alta cuna, pero a Lysa le parecía toda una aventura robarle un beso a un simple cantor callejero. Lo hacía casi sin pensar, para ver qué se experimentaba y comprobar si los besos eran algo tan maravilloso como lo que describían las canciones. Sin embargo, siempre se sentía defraudada. No había nada de especial en besar a un chico.
Mientras se desperezaba, empezó a pensar en qué haría ese día. Posiblemente fuera con Petyr al bosque de dioses a divertirse un rato contando historias de terror. En realidad le asustaban, pero ver la cara de Petyr mientras las narraba era algo que le encantaba. El chico era un actor excelente e interpretaba cada uno de los papeles, haciendo que Lysa se olvidara de todo y estuviera tan concentrada en la historia que terminaba creyéndosela. Petyr siempre finalizaba con un gran susto y ella, enfadada, se lanzaba hacia él diciéndole «¡Meñique!» y revolviéndole el pelo, cosas ambas que el muchacho odiaba.
Precisamente su pelo fue lo primero que le llamó la atención cuando lo conoció. Aquel niño extraño que llegó hacía nueve años a Aguasdulces era tan tímido que apenas levantó la cabeza la primera noche que pasó allí. A Lysa le gustó su aspecto: pequeño para su edad, casi diminuto, frágil y desconcertado, como un cachorro abandonado. La cabecita del niño destacaba por una gran cantidad de rizos negros entre los que sobresalía un mechón de pelo blanco y liso. Eso le daba una pinta aún más extravagante a aquella especie de mascota que venía a divertir a los hijos de Lord Tully. Lysa decidió adoptarlo como si fuera un gatito, pero Catelyn le recriminó su actitud. «No es un perro faldero. Es un niño como nosotros y debemos tratarlo como a un hermano», le dijo. Lysa no tenía ningún aprecio por Edmure, de manera que no vio con malos ojos esa opción. Sería el compañero de juegos que su hermano legítimo nunca lograría ser. Cuando creciera, Edmure andaría muy ocupado en entrenarse para convertirse en un futuro caballero y no le interesaría relacionarse con niñas.
Saltó de la cama y se sentó frente al espejo de cobre bruñido. Llamó con una campanilla e inmediatamente se presentó una sirvienta para ayudarla a vestirse. Una sencilla túnica azul con un cinturón de cuero liso y unas botas planas serían suficientes para pasar la mañana. Necesitaba estar cómoda para ir al bosque de dioses y otro tipo de atuendo sería un engorro. Estaba segura de que Cat volvería a reñirle su aspecto y su gusto por caminar descalza por la hierba, pero a ella no le importaba. Correr hacia el bosque y reírse con Petyr ideando travesuras era lo único que le interesaba hacer aquel día. Que su hermana mayor se encargara de recibir a los visitantes de Aguasdulces. Ella no sentía esa obligación como suya.

lunes, 20 de agosto de 2012

Capítulo 1


PETYR
            Amanecía en Aguasdulces. El castillo empezaba a teñirse de rojo a la luz del sol naciente. Apenas se oían los ruidos que salían de algún lugar de la cocina y del patio de armas. Los criados eran los primeros en despertar, pero el chico ya llevaba más de dos horas con los ojos abiertos. A pesar de cumplirse casi nueve años desde que llegara por primera vez a la fortaleza, aún no se había acostumbrado del todo a una cama y una habitación que no eran las suyas. Y no es que echara de menos su hogar precisamente, si es que se le podía llamar así. Los Dedos era una región bastante pobre, un auténtico pedregal que ofrecía pocas oportunidades a sus habitantes, de manera que su padre, Elían Baelish, señor de aquel lugar, decidió enviarlo como pupilo a Aguasdulces, señorío de los Tully, de los cuales era vasallo. Se esperaba que el pequeño Petyr, que así se llamaba el muchacho, se educara con los tres hijos de Lord Hoster Tully y se convirtiera en un caballero. «Un caballero, sí», pensó el joven, sonriendo. «No he cogido una espada en todo el tiempo que llevo aquí.»
            Mientras se vestía, pensaba que vivir en Aguasdulces no era en muchos aspectos lo que él había esperado. O casi no lo era. Había una razón para levantarse todos los días y ver que la vida no era tan dura. Esa razón era Cat.
            La tarde que llegó a la fortaleza con seis años estaba muy excitado. «Conocerás a auténticos caballeros y damas, Petyr», le había dicho su padre. «Compórtate con respeto hacia ellos, pero recuerda que no debes dejar que te humillen. No son tus iguales, pero eso no les da derecho a recordártelo constantemente. Confío en que dejes el nombre de la familia Baelish a la altura que siempre hemos merecido.» El niño oía todo ese discurso sin enterarse muy bien qué quería decir esa palabrería. Conceptos como humillación, honor, caballerosidad, le sonaban demasiado serios, aunque pronto conocería su significado. Tras la charla, Petyr montó en el sencillo transporte que lo llevaría a Aguasdulces. El recibimiento fue algo frío para un niño que acababa de abandonar todo el mundo que conocía. Los criados se hicieron cargo de ayudarle a instalarse y no fue hasta dos horas más tarde cuando lo recibió la familia Tully. Lord Hoster era un hombre serio e imponente, un caballero de la cabeza a los pies, y dejó impresionado al niño. Tras un corto saludo, el señor del castillo pasó a presentarle a sus hijos. Se trataba de dos niñas aparentemente mayores que él y de un bebé de poco más de un año. Petyr se sentía algo mareado por la posibilidad de cometer alguna imprudencia en presencia de tan distinguida familia. En ese momento no recordaba nada de lo que le había dicho su padre y sólo escuchaba en su cabeza fragmentos sueltos de aquel discurso que parecía ahora tan lejano. El primero que le fue presentado era Edmure, el verdadero heredero de Aguasdulces. Un niño en pañales poco podía entender de protocolos, pero aún así fue traído para cumplir con lo dictado por las normas de sociedad. Inmediatamente después le tocó el turno a una de las hijas de Lord Tully. Era la más joven de las dos y se llamaba Lysa. La niña hizo una reverencia algo exagerada bajo la atenta mirada de su padre y su hermana mayor. A Petyr le llamaron la atención sus ojos, vivos y con un destello de picardía, dentro de una cara redonda y un poco pecosa. Lysa sonrió a Petyr y le ofreció la mano para que la besara, a lo que él respondió torpemente con los ojos bajos. Al levantarlos vio a la otra hija realmente por primera vez. Catelyn era alta, delgada como un junco y con una mata de pelo castaño rojizo que enmarcaba un rostro que a Petyr le pareció irreal. Los ojos eran de un azul intenso, la nariz recta y pequeña y los labios carnosos. El niño pensó que era como un hada de cuento. Ella hizo la reverencia de rigor y también le ofreció la mano. Petyr se la besó y le dijo que era un honor conocer a Lady Catelyn. Ella se rió de tan rimbombante frase en boca de alguien tan pequeño y él se sintió morir por haber hecho el ridículo delante de una niña maravillosa como aquélla. Catelyn captó el sufrimiento de Petyr e inmediatamente le dijo: «Puedes llamarme Cat. Simplemente Cat
            Cat. Cat. Cat. Sólo ahora, tanto tiempo después de aquel inocente primer encuentro, repetía su nombre constantemente en su cabeza cada vez que un pensamiento negativo le atormentaba, como si fuera una oración milagrosa que acabara con todos sus pesares. Se dormía con ese nombre en los labios, se despertaba con él y a veces se iba al bosque de dioses a gritarlo. Era el elixir mágico que le hacía sobrevivir en Aguasdulces. Cat, la encantadora Cat, la bella Cat. La inalcanzable Cat.

The Riverrun Memories (Recuerdos de Aguasdulces)

Queridos todos, aquí comienza este blog que tendrá, creo, una vida breve pero intensa. Se abre para que puedan ustedes disfrutar (o eso espero) de un fan fic escrito por mí en el que recreo qué ocurrió en Aguasdulces entre las hermanas Tully y el pupilo de Lord Hoster, Petyr Baelish.

Todos los personajes pertenecen a GRR Martin. Este fic es sólo una especulación/recreación. No contiene spoilers. No contiene lenguaje obsceno.

(la portada es obra de Kahlan89)