domingo, 16 de septiembre de 2012

Capítulo 30 (FINAL)



PETYR
 Una vez en su habitación, se dispuso a recoger las escasas pertenencias. Sacó el pequeño baúl que trajo consigo la noche que llegó. Miró alrededor: nada de lo que había allí era suyo realmente, ni siquiera la ropa que llevaba puesta. Si hubiera podido, se habría marchado desnudo de Aguasdulces. Dejó el baúl en el mismo lugar en el que estaba y sólo tomó los dragones de oro que atesoraba en un cajón del armario.

Después de una comida frugal en el cuarto, bajó las escaleras con lo puesto. Según Ser Brynden, Lord Hoster había prohibido a sus hijas que fueran a decirle adiós siquiera. La historia se repetía: se iba con la misma poca importancia para los habitantes del castillo que cuando llegó. Nadie vino a recibirlo a pie de calle en aquella ocasión y ahora ningún miembro de la familia Tully salía a despedirlo. Llegó a la puerta de la fortaleza acompañado sólo del eco de sus propios pasos. Lo aguardaba ya el transporte que lo alejaría de allí, de lo que había sido su vida: casi diez años de felicidad y unos últimos meses de sufrimiento mezclado con la experiencia del primer amor y el sexo.

Qué raro era todo… Llegó siendo un niño y se marchaba como una especie hombre a medio hacer. Se pasó la mano por la barbita del mentón y después por el pecho, palpando el lugar de la cicatriz. Ahora no le importaba tenerla: así siempre recordaría que una vez fue débil y ya no volvería a serlo. De repente, vio planear sobre él a un pequeño sinsonte. El pajarillo era el único que parecía decirle adiós. Emitió un canto melancólico similar al de un ruiseñor. Siempre le había entusiasmado ese animal, minúsculo, gris y poco importante, pero capaz de imitar el canto de otros pájaros para engañar a sus enemigos: el rey de la impostura. Eso era en lo que lo habían convertido a él, en lo que le habían obligado a transformarse.




Justo antes de subir al carro, dirigió una última mirada hacia Aguasdulces. Le pareció reconocer una silueta recortada en una de las ventanas. Levantaba la mano y le decía adiós. No supo distinguir quién de las dos hermanas era. Se obligó a no responder al gesto y se tragó sus propias lágrimas. «Algún día volveremos a encontrarnos», pensó. «Y ya no seré un niño tonto. Ahora sé lo que soy y obtendré lo que deseo. He aprendido que no puedo ganar en vuestro juego, pero sí puedo ser el triunfador del mío, como siempre lo he sido. Y te convertiré en mi doncella de nieve para siempre, Cat. Lo juro aquí y ahora.» Sin dudarlo, se metió en el carruaje y no miró hacia atrás.

FIN


sábado, 15 de septiembre de 2012

Capítulo 29


CATELYN
Sabía que llegaba tarde pero, aún así, se acercó a la habitación de Petyr. Llamó a la puerta. Silencio absoluto. Volvió a golpear suavemente la madera. De nuevo no obtuvo respuesta. Entonces lo vio llegar por el pasillo, derrotado, andando erráticamente. Ya se había enterado de la noticia. Él levantó la cabeza y la miró torvo. Catelyn se dejó llevar y corrió a abrazarlo, pero el muchacho se quedó tieso como un palo. Ella se arrepintió de haber cedido al impulso y se apartó de él, ofendida. «Cat, me echan de Aguasdulces. No hagas esto más duro, por favor.» La muchacha se mordió el labio inferior. «Lo siento, Petyr, no era mi intención. Quería habértelo dicho yo, pero mi tío se adelantó por lo que veo. Te juro que esto me duele tanto como a ti.» Él negó con la cabeza. «No lo creo. Ante ti se abre un futuro espléndido, casada con un joven como el que siempre soñaste: alto, fuerte, con el pelo oscuro y barba, ¿lo recuerdas?», y rió al decir esto último, dirigiendo sus ojos gris verdoso hacia ella. Cat sonrió a su vez. «Es cierto, no puedo decir que no me guste… pero no lo conozco, es sólo un matrimonio concertado. No sé si me ama o si llegará a hacerlo. Y sentir que te aman es algo… maravilloso. Ahora me he dado cuenta.» Petyr se pasó la mano por el pelo, bajando la mirada. «Todo esto era algo imposible, Cat, ahora soy consciente de ello. Pero me queda el consuelo de saber que llegaste a sentir algo por mí y fuiste mía. Eso no me lo podrá quitar nadie. Jamás.» Y, sin que ella lo esperara, la besó en la boca con su aliento de menta y se metió en el cuarto, dejándola perpleja.
Fuente imagen: http://algesiras.deviantart.com/

viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 28

 
PETYR
Fue llamado para presentarse ante Ser Brynden Tully. Como Lord Hoster aún reposaba de su ataque, delegó en su hermano el asunto de Petyr, que había quedado en suspenso. El muchacho lo prefirió, porque tenía más confianza con el Pez Negro, quien había sido más un padre para él que el propio señor de Aguasdulces. Petyr aún recordaba una noche, hacía unos tres años, en la que Edmure, Cat, Lysa y él se habían emborrachado con dorado del Rejo aprovechando la ausencia de los adultos y Ser Brynden se había ocupado de ocultar el estropicio a Lord Hoster para que no los castigara. En aquella ocasión, Petyr había estado bailando con Cat y ella parecía divertirse mucho. En ese estado de embriaguez, él intentó besar a Catelyn, pero ésta lo rechazó bruscamente. Por aquel entonces aún no tenía tan claros sus sentimientos; lo que sentía era una especie de veneración por aquella niña alta de pelo castaño rojizo que se movía con tanta elegancia en torno a él bajo el influjo del alcohol, riendo a carcajadas y lanzándole besos con picardía. Aquello quedaba tan lejos en el tiempo... Eran sólo unos críos, aunque, ¿eran adultos ahora? Estaban madurando a través de desengaños y sufrimientos. Hubiera preferido no crecer nunca y volver a ser el niño que jugaba a ser el caballero de Cat. Pero eso era imposible. 

Ser Brynden ya lo esperaba en el salón principal de Aguasdulces. Petyr entró tranquilo y se sentó frente a él. Imaginaba que se había tomado alguna decisión sobre su futuro en el castillo. Él no estaba muy preocupado: Cat no tardaría en casarse y el problema quedaría solucionado con su marcha, aunque él perdiera al amor de su vida... Al menos la vería alguna vez cuando ella visitara a su padre. Por lo que había oído, Lysa también se iba a casar, no tenía claro con quién; ella no le comentó nada cuando estuvieron juntos en su cuarto, pero la notó tan triste que posiblemente ya supiera algo en ese momento. En cierto modo, lo que ocurrió entre ellos tenía un dejo de despedida y también de despecho por ambas partes. Petyr desahogó sus deseos de poseer conscientemente a Cat con Lysa y ella pareció buscarlo a su vez como cuando le pidió un beso de menta: para experimentar qué se sentía haciendo el amor con alguien querido. Después de aquel encuentro, ella se marchó sin despertarlo y no volvió a verla. Había sido algo muy raro, pero no se arrepentía. Todo lo que estaba ocurriendo parecía haberle endurecido y no creía que nada pudiera hacerle daño ya. Pero esto sólo era una manera de ocultar todos sus temores e inseguridades. Era necesario hacerse una coraza para no mostrar más sus debilidades.


Ser Brynden comenzó a hablar a Petyr: «Hijo, mi hermano y yo hemos estado hablando sobre qué hacer contigo. Debes reconocer que tu presencia aquí ya no es bienvenida. Eres joven, pero nunca te había tenido por un alocado. Desde que viniste, percibí mucho mejor que Lord Hoster tu valía e intelecto. Es una pena que todo tenga que precipitarse y terminar de este modo.» Petyr escuchaba serio y tenso. ¿Qué iban a hacer con él? Su sueño habría sido quedarse en Aguasdulces como administrador para aprender todos los secretos de la economía de un gran señorío. «Te aseguro que he intentado por todos los medios suavizar la decisión de mi hermano, pero no ha dado su brazo a torcer: te irás de Aguasdulces y regresarás a Los Dedos.» Petyr no creía lo que estaba oyendo. ¡Volver a ese sitio miserable, como un perro apaleado y con el rabo entre las piernas! La sangre le subió a la cabeza y dejó de oír lo que Ser Brynden seguía diciendo, como si se hubiera caído a un pozo y oyera voces desde el brocal, ecos ininteligibles. Sólo acertó a entender que esa misma tarde abandonaría el castillo. Se levantó como un muerto viviente, incapaz de responder, y se dirigió a su habitación con la mente confusa.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Capítulo 27

 
CATELYN
Mientras su padre estaba convaleciente, Catelyn volvía a asumir las tareas de señora de Aguasdulces. Las ocupaciones no le ayudaban a quitarle de la cabeza los acontecimientos recientes. Lo ocurrido durante la reunión con Petyr se había mantenido en secreto, pero ella sabía por Lysa que andaba de por medio el honor de la familia. Su hermana le había confesado que había dejado de ser doncella con él, aprovechando su reposo. Cat sintió una punzada de celos cuando oyó eso, no entendía por qué. Iba a casarse con un hombre de posición social importante, joven y guapo, y sería la señora de una gran fortaleza como Invernalia, pero no lograba sacar de su cabeza al muchacho enamorado de ella. Si tanto la quería, ¿por qué había compartido su lecho con Lysa? Se pasó la mano por la cara: la tenía ardiendo. Imaginar qué sería estar con él en la intimidad la hizo estremecerse. Nunca lograba ponerse en esa situación con Brandon Stark porque no dejaba de ser un desconocido. Con Petyr era una sensación extraña: lo trataba como a un hermano pero, desde que la besó y le confesó sus sentimientos, una pequeña parte de su corazón se había vuelto rebelde y le hacía pensar en él de otra manera, asaltando su mente cuando menos lo esperaba. El último encuentro con él la tenía obsesionada: verlo todavía herido, cojeando, tan delgado pero tan esbelto, tomando su mano para llevársela a los labios… Y hablándole de su incursión en la habitación, donde lo había besado. ¿Por qué tuvo que hacer eso?
Ser Brynden ayudaba a Cat durante el reposo de Lord Hoster. Ese día tenía una reunión con él. Su tío estaba aguardándola en un salón secundario usado para visitas poco importantes. Su expresión era pesarosa. Catelyn se sentó a su lado y Ser Brynden le dijo que debían hablar del futuro de Petyr. «Está todo decidido, querida. Tu padre ha sido muy claro en este aspecto.» Por el tono de sus palabras, Cat imaginó lo peor. Y todo vino a confirmarse cuando su tío siguió hablando. Al término del encuentro, Ser Brynden abandonó la sala, dejando a la muchacha con el corazón en un puño. Tenía que hablar con Petyr urgentemente.
Ilustración: Elia Fernandez

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Capítulo 26


LYSA
Lord Hoster había sufrido un fuerte ataque que lo tenía postrado casi una semana. El maestre Vyman se quejaba de la racha de calamidades que se estaban sucediendo en Aguasdulces, como si hubiera caído una maldición sobre la casa y la familia. Lysa se sentía culpable de todo. Los habitantes del castillo, desde el propio maestre hasta el más humilde sirviente, miraban mal a Petyr, al que acusaban tácitamente de lo ocurrido a Lord Tully. La reunión se había celebrado a puerta cerrada y nadie, salvo los asistentes, conocían el contenido de lo que allí se discutió, pero lo cierto es que Petyr estaba en el ojo del huracán. A Lysa le mortificaba verlo como el chivo expiatorio que pagaría lo que había sido culpa suya, porque imaginaba lo que su padre le había dicho…
Ese sentimiento de culpabilidad le hizo comportarse como una abnegada cuidadora de su progenitor. A pesar de las molestias que aún tenía, se pasaba muchas horas al lado de la cabecera del enfermo, atendiendo todas sus necesidades. Lord Tully estaba consciente, pero apenas le dirigía la palabra a su hija desde que ésta le había confesado que Petyr era inocente, que ella lo había seducido. Lord Hoster no era capaz de digerir una noticia así y prefería seguir engañándose con la idea de que el seductor había sido Petyr. La joven lo entendía. Catelyn jamás hubiera cometido semejante bajeza, no era digno de una dama. Lysa siempre había sido alocada y muy apasionada, no pudo evitarlo.
Cierto día, mientras le daba de comer a su padre, éste le preguntó que cómo se encontraba. Ella no se lo esperaba y respondió con un simple «bien». Lord Hoster tomó su mano al tiempo que empezaba a hablar: «Hija, he sido duro contigo, pero tienes que ponerte en mi lugar. Eres una Tully de Aguasdulces, has de cumplir con tu destino y casarte con un hombre de tu condición social. He decidido concertar tu matrimonio.» A Lysa empezó a temblarle el labio… ¿Qué estaría maquinando su padre? Ella esperaba un niño de Petyr, pero hablaba de casarla con alguien de su misma categoría… «Padre, quiero a Petyr y estoy embarazada de él. No creo que nadie más pueda ser mi esposo.» Lord Hoster clavó su ojos en ella de tal manera que la hizo estremecerse. «No tendrás un bastardo de ese sinvergüenza. Sólo te ha utilizado para ascender socialmente. El maestre te dará Té de la Luna y será como si nada hubiera ocurrido.» Lysa escuchaba sin dar crédito ¡Quería que matara a su bebé! ¿Estaría durmiendo y teniendo una pesadilla? Su padre continuó: «Te casarás con Lord Jon Arryn y te marcharás al Valle. El Lord Protector necesita una esposa joven y capaz de darle hijos, y ya hemos comprobado que tú eres fértil. Tu tío Brynden lo ha arreglado todo para que se celebre tu matrimonio el mismo día que el de tu hermana.» Con estas palabras dio por finalizada la conversación y la echó del cuarto. Lysa no tuvo oportunidad de replicar, aunque de nada hubiera valido. Tras todo lo ocurrido sólo le quedaba ser obediente y aceptar que los demás decidieran por ella. La niña rebelde y despreocupada ya no existía: se había convertido en una marioneta cuyos hilos movían otros. Pensó en la vida que le esperaba: obligada a beber el Té de la Luna y renunciar a su hijo, casada con el viejo Jon Arryn, expulsada de Aguasdulces, alejada de Petyr… Era para volverse loca. 

Salió de la habitación sin saber hacia dónde ir. Catelyn estaba muy ocupada atendiendo Aguasdulces en lugar de su padre y tampoco la escucharía. Siempre la había criticado por su irresponsabilidad y ahora se demostraba que tenía razón. Cat no sospechaba que estaba embarazada. A ella sólo le había contado que dejó de ser doncella en el lecho de Petyr. Sin darse cuenta de cómo, se vio ante la puerta del cuarto del muchacho. Era el único con el que le apetecía hablar. Apenas lo había visto un par de veces en el comedor tras el ataque sufrido por su padre. No parecía haberse enterado de nada... ¿Seguiría creyendo que era Cat la joven con la que estuvo? ¿Acaso su padre no le había dicho que era ella, Lysa, la que esperaba un hijo de él? Llamó a la puerta y una voz le preguntó desde dentro que quién era. «Soy Lysa», contestó. Tras unos segundos de silencio, Petyr la invitó a pasar. El muchacho estaba recostado en la cama, en camisa, con las manos detrás de la cabeza. Observó a Lysa de reojo, mostrando su encantadora sonrisa. Ella entró confiada y se sentó junto a él en el lecho. Petyr empezó a hablar sin que ella le hubiera dicho nada. «Estoy hecho un lío, Lysa. Cat dice que no me quiere como yo a ella y, sin embargo, tu padre asegura que estuvo en mi cama mientras que yo me recuperaba de mis heridas. Tu hermana ha reconocido que me besó, pero para ella el deber es más importante que el amor. Tú no harías algo así, siempre has sido diferente…» Lysa escuchaba mirando al techo. Catelyn había besado a Petyr. Quién sabe qué más hizo con él… pero no, su hermana nunca se atrevería a eso. El muchacho se incorporó de repente y le cogió la barbilla, obligándola a mirarle. «Pero, ¿a quién estoy contándole todo esto? La única persona que siempre me ha querido eres tú, ¿verdad? No te mereces sufrir por mí.» Cambió el tono de su voz por uno más susurrante, mientras le pasaba un dedo por la cara. «¿Sabes que te eché de menos durante mi convalecencia?» Lysa respiró hondo. «Estuve contigo cuando dormías bajo los efectos de la leche de la amapola», dijo con voz baja y temblorosa. No se atrevió a confesarle la verdad por miedo a su reacción. Acababa de perder la única oportunidad de aclararlo todo y notó que las lágrimas luchaban por salir. Petyr parecía conmovido por los ojos llorosos de la joven. Durante un instante se quedaron mirando fijamente. Él bajó los párpados con un pestañeo lento y seductor, al tiempo que sonreía de aquella manera pícara tan suya. 

Lysa notó el olor a menta que emanaba de su boca. Se dejó llevar por sus sentimientos y besó al muchacho, que no se resistió, sino que respondió al beso al tiempo que le acariciaba el cuerpo por encima de la ropa. Lysa necesitaba con urgencia tocar la piel de Petyr y le abrió la camisa, besándole la cicatriz del pecho. El joven desató los cordones del vestido y se lo bajó, mirando su cuerpo, como si fuera la primera vez que lo veía. Lysa se ruborizó. Sabía que no era así, pero él no lo recordaba. Metió las manos en los rizos oscuros y atrajo su cabeza para volver a besarlo. Iba a ser la última vez que disfrutaría en un acto tan íntimo y no estaba dispuesta a renunciar. No había nada que perder ya. Petyr tampoco se refrenó, estaba totalmente entregado. Lysa paladeaba el momento. Después de aquel instante de placer compartido con el amor de su vida, ya no volvería a sentir nada igual casada con un viejo al que no había visto jamás. Borró ese pensamiento y se concentró en lo que estaba viviendo. Estaba con él y él con ella, de una forma real, sin delirios febriles. Se recostó y Petyr se colocó sobre ella totalmente desnudo. Notaba sus huesudas caderas entre sus piernas, moviéndose a un ritmo cada vez mayor. Lysa se movió a su vez y lo abrazó con fuerza. La cabeza del joven se hundió entre sus pechos. De repente, él empezó a respirar fuerte y a gemir. Ella, alentada, también dejó salir un suspiro profundo. Cuando estaba en la cima del placer, como fuera de sí, Petyr estalló en un grito «¡Oh, Caaaat!» Agotado, se durmió sobre Lysa, que lloraba. No sabía si de alegría o de tristeza.

martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 25

 
PETYR
El encuentro con Cat lo había dejado aturdido. Ya no sabía qué pensar… Catelyn parecía turbada cuando habló con él, ni siquiera pudo negar que lo había besado, pero tampoco le confesó que lo amara. Seguía siendo como su hermano y lo quería como tal; al menos eso creyó entender de las palabras de la muchacha. Se notaba un poco febril. Posiblemente eran los nervios por el encuentro con Lord Tully. Se colocó bien el jubón y reemprendió la marcha lentamente.
Entró por fin al salón principal. Allí lo esperaban Lord Hoster, Ser Brynden Tully y Vyman. No se explicaba qué pintaba allí el maestre. A lo mejor tenía que darle alguna mala noticia sobre su salud y las secuelas que las heridas le iban a dejar. Lord Hoster le indicó una silla con un gesto de cabeza. Su rostro tenía una expresión dura. Él posó sus ojos en Brynden, esperanzado. Había sido un confidente bondadoso en sus años infantiles y tenía fe en que lo defendería de la ira de Lord Tully. Tomó asiento y esperó a que el señor del castillo empezara a hablar. Aparentaba calma, pero las venas de la frente aparecían hinchadas. Fue directo al grano. «Petyr, estoy profundamente decepcionado. Aquí te hemos tratado como a uno más de la familia durante casi diez años, he compartido contigo el pan y la sal, has disfrutado de las comodidades de Aguasdulces y, lo que más me duele, has contado con la confianza de mis hijos…» Petyr estaba perdido, sin saber hacia dónde se dirigía el discurso. Lord Hoster seguía hablando: «Me has pagado avergonzándome ante la casa Stark, con la que he contraído una alianza poderosa, atreviéndote a retar al mismísimo heredero de Invernalia y prometido de mi hija.» ¿Le iba a echar un sermón por haber retado en duelo a Brandon Stark? ¿Acaso era ilícito hacerlo? Dejó que el señor de Aguasdulces continuara, esperando la finalidad de esa especie de introducción. «…Y lo peor no es eso.» Ahora Petyr ya no se imaginaba qué podría ser peor. Por primera vez, su cara de inocente frente a Lord Hoster era real. «Has deshonrado a la sangre de mi sangre de la manera más sucia y vil. Te has aprovechado de la inocencia usando alguna de tus tretas, pero esta vez no me valen excusas. Las pruebas son más que evidentes. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?» ¿De qué demonios estaba hablando? El maestre Vyman asintió ante estas palabras cuando Lord Hoster lo miró, buscando su confirmación. Petyr no sabía qué responder porque desconocía de qué lo culpaban. Por un momento pensó en el beso de Cat. ¿Se referirían a eso? Se armó de valor y, sin saber de dónde le salían las palabras, respondió: «Mi señor, he estado un mes convaleciente, entre la vida y la muerte. Diré en mi defensa que retar a un duelo por amor no es ninguna deshonra. Su hija es digna de lo mejor y yo no soy nadie, pero hasta los seres más humildes merecen una oportunidad en la vida.» Lord Hoster lo escuchaba atónito, mientras su hermano Brynden le pedía calma y con un gesto invitaba al muchacho a continuar. Petyr, alentado, prosiguió. «Decís que he cometido un delito aún más grave que deshonra a su hija… Perdonadme si os digo que fue ella la que lo hizo voluntariamente.» Lord Hoster estalló en un grito: «Pero, ¿qué dices canalla? ¿Estás insinuando que mi hija se metió en tu asquerosa cama porque quiso? ¡Juro que te mato aquí mismo, escoria inmunda!» Ser Brynden apenas lograba sujetar a su hermano, que ya había empezado a desenvainar la espada. Petyr retrocedió asustado, al tiempo que se mareaba al comprender el alcance de lo que Lord Tully acababa de gritar ¡Cat en su cama, su doncella de nieve era ella! Entonces no fue sólo un beso… ¡Todo lo demás también era real! No sabía si reír o llorar. Lo amaba y se iba a casar con otro. El señor del castillo le apuntó con un dedo amenazador, al tiempo que gritaba «¿Quién te crees que eres, Meñique? ¡Jamás habrá un Baelish en mi familia, lo juro por los Siete! ¡Y te rebanaré el cuello como digas una palabra de est…!» Lord Hoster se desplomó de repente con el rostro congestionado.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Capítulo 24

CATELYN
            Se encontraba en una pequeña sala del castillo bordando para distraerse. No saber nada de Petyr en casi un mes era una tortura. Después de su breve y furtiva visita, no había vuelto a tener noticias de su estado, aunque confiaba en que sería bueno por lo que había oído comentar a Lysa, que obtenía información de cualquier parte. Su padre la tenía en total desconocimiento sobre la salud del muchacho como castigo por algo que, en realidad, no había sido culpa suya, pero en su fuero interno era una especie de penitencia que consideraba merecida. Por otra parte, los preparativos de su enlace con Brandon Stark no le hacían olvidar que su amigo más querido estaba postrado, herido por fuera y, sobre todo, por dentro. Cuando lo vio tendido en la cama, destrozado, quiso haber viajado en el tiempo y evitado que todo hubiera sucedido. Pero había algo que era imposible detener: el amor que Petyr sentía por ella.
La felicidad por su compromiso se veía empañada por el hecho de ser consciente de que existía una persona que la amaba hasta el punto de arriesgar su vida por demostrárselo. «Es sólo un niño», le había dicho a Brandon. Pero era “su niño”, el compañero de juegos y también, por qué no, el primero que la había besado por amor. Se tocó los labios al recordarlo… Su prometido era un joven ideal, superaba sus expectativas pero, ¿lo amaba realmente? ¿Y él a ella? Apenas se conocían, mientras que Petyr era como su hermano… Un hermano muy especial. De pequeños se contaban todos sus secretos y alguna vez habían jugado a ser un caballero y su dama. El niño huía de representar el papel de guerrero y optaba por idear adivinanzas y pruebas de ingenio para salvar a su amada de las garras de un fiero dragón. Siempre había sido diferente y muy inteligente. En aquellos momentos de diversión infantil, Cat no habría podido adivinar que, con el paso de los años, Petyr albergaría sentimientos de adulto hacia ella. ¿Por qué era todo tan complicado? 

Fuente imagen: pixiv.net

Dejó a un lado su labor y subió a los dormitorios. Con suerte se tropezaría con el maestre Vyman saliendo del cuarto de Petyr. Le interrogaría aunque luego se lo contara a su padre. Ya no le importaba correr el riesgo. Al doblar la esquina del pasillo se dio casi de bruces con quien menos esperaba: Petyr en persona. ¡Estaba recuperado! O eso parecía… Su aspecto no era el mejor, aunque lo notó más maduro, como si hubiera crecido mientras recobraba la salud. Incluso lucía una incipiente barbita. Reprimió el impulso de abrazarlo con fuerza, de gritar de alegría. Era como si él hubiera estado en una guerra y por fin regresara a casa después de mucho tiempo, sano y salvo. ¿Qué había de malo en estrecharlo entre sus brazos y darle un beso? Pero su sentido del decoro se lo impidió. A veces le daba la sensación de que tenía el corazón de piedra… Todo era fruto de su rígida educación. Por su parte, Petyr transmitía también su incomodidad ante el encuentro. Finalmente, Cat rompió el silencio. «No esperaba verte andando… Eso es buena señal, ¿no?» El muchacho asintió, levantando la muleta con aire irónico. «Sí, ahora tengo otra pierna…», contestó. Catelyn observó el cuerpo aún herido de Petyr y, sobre todo, la palidez de su rostro. Prefirió no aludir a ello y le pasó los dedos por el pelo. Lo tenía muy largo y el mechón blanco sobresalía entre la maraña oscura de sus cabellos. El chico bajó la cabeza al tiempo que le cogía la mano y se la llevaba a los labios. Ella no la retiró. «Cat, sigo queriéndote, debes saberlo. Es más: creo que tú también has empezado a quererme como yo lo hago. Sé que eras tú, no me puedes engañar…» La muchacha miró hacia otro lado al tiempo que la sangre le subía a la cara. ¿Por qué no pudo resistir el impulso de besarlo? Petyr continuó. «Estabas allí, te vi, tus cabellos se quedaron en mi cama y tú me besaste…» Catelyn negó con la cabeza, pero a él no podía engañarlo. Su lenguaje corporal la delataba. Nunca había podido mentir a ese muchacho tan avispado. «Calla, por favor. Debes olvidar, te lo suplico. Mi padre me mataría si se enterara de que fui a verte y a ti te haría algo peor. No creo que pudiera soportarlo, Petyr.» El joven abrió la boca para hablar, pero ella le interrumpió: «Estoy prometida, pero tú eres alguien muy importante en mi vida y siempre lo serás, aunque esté casada. Diez años no se pueden borrar de un plumazo. En mi corazón hay un hueco para ti, ya lo sabes. Pero olvídate de tu amor por mí y serás más feliz, Petyr. Y yo también.» Tomó la cara del muchacho entre sus manos. Por un instante se perdió en sus ojos verdegrisáceos rodeados de espesas y largas pestañas negras. Alzó la cabeza y le dio un beso en la frente. Sin volver a mirarlo, se marchó llorando por donde había venido.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Capítulo 23


PETYR
Tras casi treinta días de encierro, Petyr obtuvo permiso del maestre para salir de la habitación. Lo haría por su propio pie, aunque no sin trabajo. Había estado ejercitándose dos semanas en el cuarto y recuperado parte de las fuerzas, pero aún necesitaba apoyo para moverse. Seguía estando delgado y su rostro había perdido el color moreno después de un mes sin ver el sol. Parecía un fantasma y así se sentía él: un espíritu invisible al que nadie percibía. Era un ser sin importancia en la vida de Aguasdulces. Para más desgracia, aún presentaba numerosas cicatrices que irían desapareciendo, aunque la del pecho quedaría ahí para siempre, como un recuerdo doloroso del gran fracaso de su vida.

Mientras se vestía, se pasó la mano por el torso, acariciando la herida, y un pensamiento fugaz, como un fogonazo, le cruzó la mente: ¿Dónde estaba Lysa? Desde que se batió en duelo con el Stark no había sabido nada de ella. Era extraño… La muchacha le había confesado su amor y, sin embargo, no le visitó durante su convalecencia, mientras que Cat se había arriesgado a verle e incluso le había besado. Quizás estuvo en el cuarto mientras él dormía bajo los efectos de la leche de la amapola. El estado de semiinconsciencia que provocaba el brebaje le había dejado un sinfín de lagunas mentales. Era un remedio bastante peligroso y no convenía administrarlo mucho tiempo según le comentó el maestre. Ahora entendía por qué. Le fastidiaba haber perdido quince días de su vida que se resumían en un gran espacio en blanco, salpicado sólo por escenas que no lograba dilucidar si eran reales o soñadas.
Ese día estaba citado para hablar con Lord Hoster. Se encontraba poniéndose las botas cuando una sirvienta llamó a la puerta. La hizo pasar y ésta le comunicó que el señor del castillo ya lo esperaba en el gran salón. Temía esa reunión más que nada en el mundo, porque no sabía lo que iba a decirle. Tenía la esperanza de que estuvieran a solas. Si Edmure estaba presente, la humillación le dolería el doble. No creía que Cat o Lysa asistieran, ya que era un tema entre hombres. Cuando terminó de vestirse, abandonó el cuarto y comenzó a avanzar por el pasillo lentamente sirviéndose de una muleta que el maestre Vyman había mandado hacer para él.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Capítulo 22


LYSA
Lysa estaba en su cuarto recostada aunque era cerca del mediodía. Ya hacía casi un mes del duelo y Petyr, a pesar de la gravedad de las heridas, había salvado la vida. Sólo le quedaría una fea cicatriz en el pecho que, según había oído decir al maestre Vyman, apenas se vería cuando le saliera vello. Mientras él iba mejorando, ella cada vez se encontraba peor: la somnolencia la acompañaba todo el día, por no hablar de la falta de apetito y las ganas de vomitar. Lo achacaba al cansancio por sus escapadas para cuidar del herido mientras su hermana estaba ocupada en los preparativos de su enlace, pero de eso hacía ya más de veinte días. Nadie la echaba de menos por el castillo en esas ocasiones, pensando que estaría en el bosque de dioses. Hizo caso omiso a la prohibición paterna y acudió a ver a su amado cuando éste estaba peor, inconsciente por el vino del sueño o lo que estuviera dándole el maestre. No quería delatarse, y menos después de lo ocurrido durante la semana después del duelo…
Mientras Vyman estaba ausente, Lysa se empezó a colar desde el primer momento en la habitación para ver cómo estaba Petyr. El cuarto día, como en las veces anteriores, le estuvo secando el sudor y poniendo sus manos en el pecho para calmarlo cuando se movía con agitación. La fiebre le consumía y deliraba en ocasiones, levantando las manos igual que si blandiera una espada, a la vez que negaba con la cabeza. Era como si viviera el duelo una y otra vez. Lysa imaginaba que Petyr quería vencer a toda costa aunque fuera en su mente. Sabía lo que odiaba perder. Pero esa mañana su delirio fue distinto. Empezó a temblar. Lysa lo arropó, pero no sirvió de nada. Petyr abría y cerraba los ojos, mostrándolos en blanco, mientras se encogía y se abrazaba a sí mismo. Los dientes le castañeteaban cada vez más. Ella se asustó, no sabía qué hacer. Pensó en avisar al maestre Vyman, pero entonces descubrirían allí su presencia y todo sería peor. No quería oír sermones de su padre sobre el honor, el deber y todas esas monsergas que a ella no le preocupaban. Su única prioridad en esos momentos era la vida del muchacho que amaba.
Buscó una manta para abrigarlo más, pero no halló ninguna. Estaba desesperada. Entonces, sin pararse a reflexionar, se metió vestida en la cama para darle calor. Se tendió junto a él y lo abrazó. Petyr estaba helado como un carámbano a pesar de que el sudor le empapaba la cabeza. Ella pensó que lo mejor sería que sus cuerpos estuviera en contacto directo, piel con piel, a fin de transmitirle mejor el calor. Tímidamente desató los cordones que cerraban por delante su vestido. «No hay nada malo en esto. Es un enfermo al que estoy cuidando», reflexionó. Entonces, ¿por qué se sentía culpable a la vez que nerviosa? No pensó en eso y de nuevo se arrimó a él. Estaba húmedo y frío. De pronto, el enfermo se volvió con los ojos cerrados, le cogió la cara y la besó. Lysa no se resistió, sino que respondió al beso con avidez a pesar del regusto amargo de la boca de Petyr… Lo que pasó después la hacía ponerse colorada de excitación al recordarlo. Y también la enfurecía. Había entregado su doncellez al muchacho que amaba y él ni se había enterado. Lo más triste es que la había llamado “Cat”. A pesar de todo, después de aquel encuentro, volvió a ver a Petyr en dos ocasiones más en esa semana y no pudo resistir la tentación de besarlo y dejarlo hacer.... La última vez temió que él la reconociera, porque abrió los ojos de par en par, como si despertara del letargo de la leche de la amapola. De hecho, le preguntó si era Catelyn mientras le tocaba el pelo e intentaba apartarlo de su cara, y ella, aunque dolida, le dijo que sí, ocultando su rostro tras un mechón de cabello. No quería que él dejara de besarla, de abrazarla y de hacerla sentir tan bien. Podía soportar que Petyr creyera que era Cat con tal de tenerlo para sí, aunque fuera por unos pocos minutos…
Una arcada le sobrevino de repente. No encontraba la forma de pararlas. Apenas comía y no le quedaba nada que vomitar. Tendría que consultar con el maestre para que le diera algún remedio que acabara con el suplicio que estaba viviendo los últimos días. Se levantó mareada y fue en su busca. Ahora que Petyr ya parecía que iba mejorando, estaba menos ocupado. Lo encontró en el cuarto donde preparaba las medicinas y hacía sus investigaciones. Al entrar, vio en los ojos de Vyman que éste sospechaba que no se encontraba bien. "Lysa, estás muy desmejorada, demacrada. Dime qué síntomas tienes, porque adivino que has venido a consultarme.» La muchacha le explicó todo lo que le ocurría. El maestre se quedó pensando, como si no hallara las palabras adecuadas. «Hija mía, ¿cuándo fue la última vez que tuviste la sangre de la luna?» Lysa se sonrojó. «¿Qué tiene eso que ver con lo que me pasa, maestre?» Vyman insistió. La verdad era que ya hacía una semana que debería haber tenido su sangre. «Creo que debo hablar con tu padre, pequeña. Pero debes ser sincera conmigo. ¿Has intimado con algún muchacho?» Lysa no entendía esas preguntas. ¿Qué relación había con lo que le estaba ocurriendo? En el fondo no era más que una niña que no sabía nada… «¿Intimar, maestre? He besado a alguno, sí, pero…» Vyman, trató de ser más claro dándole algunos detalles de lo que quería decirle. Lysa se derrumbó y confesó sus visitas a Petyr mientras que el maestre asentía.
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viernes, 7 de septiembre de 2012

Capítulo 21


PETYR
Despertó sudando. Abrió los ojos despacio. La luz que apenas entraba por la ventana medio abierta le quemaba las pupilas. Volvió la cabeza y descubrió al maestre Vyman dormitando en una silla de madera y cuero. Pidió agua con un hilo de voz. El maestre no lo oyó y siguió durmiendo. Petyr alzó una mano, intentando llegar a un vaso que reposaba en la pequeña mesa instalada cerca de su cabecera. Con los dedos empujó el recipiente y éste cayó al suelo, despertando a Vyman, que se alzó como impulsado por un resorte. Se acercó al muchacho y le tocó la frente: la fiebre estaba remitiendo. Petyr sentía como si se hubiera despertado de un sueño muy profundo, interrumpido por unos pocos momentos de lucidez. O de algo parecido. No conseguía distinguir lo que fueron estados de sueño y de vigilia. Ahora ya notaba la mente un poco más clara y despejada. Preguntó al maestre cuánto tiempo llevaba allí: quince días. ¡Tanto! A él le dio la sensación de que había sido menos. Se tanteó el cuerpo: estaba delgado, con los huesos de las caderas muy marcados. Quiso incorporarse, pero no halló las fuerzas. El maestre le acercó el agua y bebió con avidez. Su estómago vacío protestó con un rugido y preguntó si podía tomar algo sólido. Vyman respondió afirmativamente y salió en busca de unas gachas calientes. «Algo suave para empezar. Has estado a base de caldos y leche de la amapola dos semanas.»
Ya solo, intentó reorganizar sus pensamientos. Recordaba el duelo, recordaba a su doncella de nieve y, lo más importante, recordaba a Cat besándolo. A lo mejor era también parte de uno de sus delirios en mitad de la fiebre. Al haber perdido la noción del tiempo, no sabía si ella lo había besado antes o después de alguno de sus sueños o sólo lo imaginó. Le vinieron a la memoria los cabellos sobre la manta… ¿también eran una fantasía? Se miró la mano y buscó en la cama, pero ya no estaban. Cerró los ojos a fin de concentrarse. Había soñado dos veces más con la joven de pelo castaño desde su primer encuentro, tan desconcertante como placentero, y en el que imaginó que era Catelyn. La segunda vez ya no estaba en mitad de un paisaje frío, sino en un cómoda alcoba ricamente decorada. La muchacha acudía a él buscando sus manos, sus labios, su abrigo, su protección. Se había sentido poderoso abrazándola y sintiéndola como suya. De nuevo la joven lo había besado con fuerza y todo se precipitó como en la primera ocasión. La última vez que soñó con ella fue de lo más extraño. Por un breve instante creyó reconocerla por fin. Su pelo ya no era castaño oscuro, sino rojizo, pero podía ser por efecto de la luz de la vela que iluminaba la estancia. El rostro apenas se dejaba ver, oculto por el cabello, pero había algo demasiado familiar en él, tanto que… «¿Eres tú, Cat? Siempre has sido tú, ¿verdad?», se atrevió a preguntar en medio de los besos que la muchacha le daba en el cuello. «Sí. Soy ella, Petyr, y te amo. Bésame, besa a tu Catelyn.» Mientras pensaba en todo esto, notó que se excitaba. Había algo que cada vez tenía más claro: Cat estuvo en su habitación y lo había besado. Esa sensación de sus labios tocados por los de su amada había sido demasiado vívida. Pero también lo era el cuerpo de su doncella de nieve, por lo que…
El maestre Vyman entró, interrumpiendo sus cavilaciones. Le dio el plato de gachas con la paciencia de una madre. Al terminar, Petyr se sentía un poco más fuerte y pidió levantarse. El maestre lo ayudó y le aconsejó hacerlo con cuidado. Debía ir probando todos los días a moverse para recuperar el tono muscular perdido tras tanto tiempo en la cama. Se puso de pie y caminó unos cuantos pasos por la habitación, siempre apoyado en Vyman. Al pasar por delante del pequeño espejo de cobre, éste le devolvió la imagen de un ser desconocido: una figura delgada, con una cabeza llena de pelo negro rizado y demasiado largo y con los pómulos hundidos. Se pasó la mano por la barbilla y notó que le había crecido un vello más fuerte allí, formando una especie de perillita puntiaguda. Se estaba convirtiendo en un hombre a base de golpes. No era ni la sombra del antiguo Petyr. Mucho tendría que caminar para recuperar parte del muchacho que había sido. Esbozó una sonrisa y, en el fondo, se dio por derrotado, pero no quería admitirlo. «Estaba loco cuando reté en duelo al prometido de Cat», pensó. «Soy un sentimental, lo quiera o no.» Siempre le decía a Lysa que la vida no era una canción y ahora él lo había comprobado en sus propias carnes. 
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jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 20


CATELYN
Ya hacía cuatro días que Petyr y Brandon se habían enfrentado en aquella pantomima de duelo. Se llevaron al muchacho gravemente herido y Cat temía por su vida. A pesar de las súplicas de que no lo matara,  su prometido no tuvo más remedio que poner fin al combate asestándole una última y definitiva estocada en vista de que Petyr no se rendía. Desde que lo trasladaron a su habitación chorreando sangre y medio muerto, Lord Hoster Tully había prohibido a las hermanas, sobre todo a Catelyn, ir a visitarlo. El maestre Vyman tampoco tenía permiso para hablar de cómo estaba el muchacho. Su padre veía como una afrenta las pretensiones del que consideraba un advenedizo. Aunque lo había tratado como un hijo, no lo era: sólo era un Baelish, vasallo suyo. Además, Catelyn era una muchacha prometida y no estaría bien que se dedicara a visitar al que había retado a su futuro marido y declarado su amor por ella públicamente.
Ante la falta de noticias,  decidió acercarse a los aposentos de Petyr a riesgo de que su padre la sorprendiera. Apenas había empezado a subir la escalera que la conduciría al piso de los dormitorios, se tropezó con Lysa, que venía corriendo y llorando, sofocada y con el pelo revuelto. Cat se temió lo peor. Agarró a su hermana por el brazo para que se detuviera y la interrogó. «¿Qué pasa, Lysa? ¿Cómo está Petyr? ¿Tan grave es? ¡Dime algo, por favor!» Lysa le respondió fuera de sí. «¡Petyr está más muerto que vivo y, aún así, sólo piensa en ti! ¡Tú eres la culpable de esto! ¡Si muere, jamás te lo perdonaré, jamás!» Catelyn le dio una bofetada, indignada ante semejante acusación. «Lo quiero como a un hermano. ¡Batirse en duelo fue decisión suya! No puede morir, ¡no debe morir!» Soltó a su hermana y se lanzó escaleras arriba hacia la habitación de Petyr.
Llegada al pasillo de los dormitorios, vio salir al maestre Vyman del cuarto donde convalecía el herido. Se escondió en la oscuridad hasta que aquél pasó de largo. Todavía esperó unos minutos por si alguien venía a vigilar al enfermo. Tras un tiempo que consideró prudencial, se acercó de puntillas hasta la puerta y entró con sigilo, cerrando tras de sí. La habitación estaba en penumbra y olía raro. El aroma de la leche de la amapola y el olor de la fiebre se mezclaban, impregnando toda la estancia. Se aproximó a la cama y contempló el rostro de Petyr. Dormía de manera inquieta, moviendo los ojos bajo los párpados y musitando palabras incomprensibles. No podía creer que estuviera tan mal... La última vez que lo había visto enfermo había sido unos años antes, cuando Lysa y ella le obligaron a comerse unos pasteles de barro que ellas hicieron. Empezó a acariciarle el pelo rizado, buscando el extraño mechón blanco, al tiempo que derramaba unas lágrimas que durante casi una semana se había resistido a verter. Al pasar la mano por la frente, notó que la tenía ardiendo. Encontró un paño cerca de una jofaina llena de agua. Tras empaparlo, se lo pasó para refrescar el sudor que perlaba toda la cara del muchacho y le humedeció también los labios resecos. Lo miró fijamente. ¿Qué había ocurrido entre ellos? Fueron felices de niños y ahora aquello se acabó. Se percató de que, justo en ese instante, su infancia, la amistad inquebrantable de los tres, había acabado para siempre y jamás volvería. Crecer y amar era una experiencia dolorosa. Lamentaba en su interior que todo terminara así, porque lo quería con todo su corazón. Se levantó para marcharse pero, antes de hacerlo, movida por un impulso extraño en ella, besó a Petyr largamente en los labios a modo de despedida. El chico emitió un sonido lloroso cuando se apartó de él, al tiempo que abría un poco los ojos y decía su nombre. Catelyn le dio la espalda y salió de la habitación.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capítulo 19


PETYR
No reconocía el lugar donde se hallaba. Estaba nevando, sentía frío por todo el cuerpo, y también dolor. Se pasó la lengua por los labios resecos. Tenía la boca amarga, como si hubiera bebido la leche de la amapola, y necesitaba con urgencia una hoja de menta. Buscó en los bolsillos de su escasa ropa, pero no encontró ninguna. Estaba helado y puso los brazos bajo las axilas para intentar entrar en calor, pero no dejaba de tiritar. Miró a su alrededor intentando ver algo que le resultara familiar. A su espalda se alzaba una fortaleza gigantesca y extraña. Estaba construida sobre un escarpado precipicio. Le recordó a los nidos de águilas que había visto en Aguasdulces... Pero este sitio no era su hogar. Emprendió una caminata sin rumbo a través de la nieve. A lo lejos creyó ver algo agazapado en el manto blanco del suelo. Conforme se acercaba, la figura iba definiéndose hasta que se convirtió en una persona de espaldas y arrodillada, tapada por una capa con capucha. Quien quiera que fuese, estaba muy concentrado en algo que hacía en la nieve. Al aproximarse, descubrió que estaba construyendo una especie de castillo. Se acuclilló a su lado para ver mejor y la figura volvió su rostro hacia él. Era la muchacha que visitaba sus sueños últimamente, tan parecida a Cat, pero con el pelo castaño oscuro y más joven. Le pidió ayuda para continuar su trabajo y así estuvieron no supo cuánto tiempo. Terminada su obra, ella se incorporó y lo miró a los ojos con decisión. Petyr no dudó un instante: se levantó a su vez, le tomó la cara y, por fin, la besó. ¿O era ella quien lo besaba? Empezó a notar los labios de la muchacha anhelantes sobre su boca, como si quisiera bebérsela, perdido el control por la excitación. La desconocida y a la vez familiar aparición comenzó a explorar su cuerpo con las manos y él se dejaba hacer, rendido, sobre la nieve. Ya no tenía frío: sólo sentía el calor del cuerpo desnudo de la adolescente sobre el suyo. Los besos eran repartidos por su boca, su pecho, su abdomen. Ella se colocó a horcajadas sobre él, le tomó las manos y se los puso sobre sus pequeños senos, al tiempo que se arqueaba hacia atrás, tensando su blanca espalda. Él empezó a moverse rítmicamente contra las caderas de la muchacha, sin control, e inundado por una ola de placentero calor que le quemaba, exclamó «¡Oh, Cat, mi Cat…!»
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Un golpe seco, como de un portazo, lo sacó de su delirio. Abrió los ojos y todo se oscureció. Estaba sobre una cama, solo, desnudo y medio destapado, en una habitación: su dormitorio de Aguasdulces. Le pesaba el cuerpo dolorido y la cabeza era una olla hirviendo. Se sentía ardiendo y la boca estaba pastosa y seca. Intentó moverse para colocarse las mantas, pero un pinchazo bajo las costillas le hizo desistir y, entonces, recordó: había retado a duelo a Brandon Stark y éste lo habría matado de no ser por la intervención de Catelyn. Las magulladuras formaban un mosaico de teselas púrpura en la piel y su pecho estaba vendado con fuerza. 
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La puerta se abrió y entró el maestre Vyman. Mientras lo arropaba, le preguntó cómo se encontraba, a lo que respondió como pudo que no muy bien. De hecho, creía haber estado delirando. El maestre puso su mano en la frente del muchacho y confirmó que tenía fiebre. Le dio a beber la leche de la amapola, pero él pidió agua. El maestre se negó en rotundo y le obligó a sorber el líquido blanco de un cuenco. Petyr retiró los labios asqueado después de un breve trago. Echaba de menos sus hojas de menta, pero no podía hacer nada excepto seguir las recomendaciones de Vyman.
Cuando éste salió de la habitación, empezó a recordar el sueño que había tenido en medio de su estado febril. Había sido tan real… Los besos, el contacto de los cuerpos, el calor… No: sólo eran alucinaciones producto del mejunje que le administraban para calmar el dolor de las heridas y tenerlo sedado. No era capaz de adivinar cuánto tiempo llevaba allí tumbado, ni si era de noche o de día: estaba desorientado. Al acomodarse las ropas, notó una cálida humedad entre las piernas. Metió la mano y la sacó manchada de algo que parecía sangre. ¿Tenía una herida allí? Posiblemente. Mientras se limpiaba como podía en las mantas descubrió sobre ellas unos cabellos largos y cobrizos. Con ellos entre los dedos, cayó de nuevo en un profundo sueño.

martes, 4 de septiembre de 2012

Capítulo 18


LYSA
            El temido día llegó. Lysa había intentado por todos los medios convencer a Petyr para que se retirara, pero él no se dejaba derrotar sin luchar antes. «Esto no es una canción, es la vida real», le decía ella, precisamente ella, que siempre había soñado con princesas y duelos vencidos por muchachos valientes, pero el chico no atendía a razones. Su terquedad iba a ser la causa de su muerte y Lysa sufría por ello.
Las dos hermanas se encontraban el patio de armas de Aguasdulces, esperando la llegada de los dos combatientes. El primero en aparecer fue Brandon, ataviado con una excelente armadura. Catelyn le había dado como prenda un pañuelo bordado con truchas saltarinas y se lo estaba anudando a la mano en ese momento, al tiempo que le decía «Sólo es un niño tonto, pero lo quiero como a un hermano. Me causaría dolor verlo morir.» Lysa sabía que Petyr le había solicitado una prenda a su vez, pero Cat no le dirigía la palabra desde que retó a su prometido a duelo. Cinco minutos después se presentó el muchacho. No vestía armadura, sólo la cota de malla, el peto y un yelmo viejo y abollado. La espada tampoco era precisamente nueva y Petyr no parecía tener fuerzas suficientes para levantarla del todo. Lysa se sintió morir al ver la diferencia entre los combatientes: un hombre armado frente a un niño indefenso. Era como una pelea entre un león y un gato. De repente, Brandon Stark se despojó de la mayor parte de la armadura. «Eso es más justo», pensó Lysa.
Ya estaban preparados para comenzar. Incluso sin armadura, el Stark era una persona imponente, un caballero fuerte y curtido en el entrenamiento con la espada. Adoptó la postura de guardia y esperó a que el muchacho hiciera el primer movimiento. Petyr se lanzó sin pensar hacia el pecho de su oponente con la espada cogida con ambas manos. Brandon no tuvo problema en esquivarlo y descargar su acero sobre el hombro de Petyr, que cayó de rodillas dolorido. El prometido de Catelyn dejó que el chico se levantara y volvió a esperar su ataque, que de nuevo fue rechazado y terminó con otro golpe de espada en el costado. Esto se repetía una y otra vez durante un tiempo que a Lysa se le hacía eterno. Petyr se tambaleaba cada vez más herido y sangrante, retrocediendo por el patio hasta llegar a la escalera que llevaba al río. La lucha continuó dentro del agua. Lysa rezaba mentalmente a la Madre y al Guerrero para que protegieran a su amado. Observó a Cat, que cerraba los ojos a cada golpe que Petyr recibía, conteniendo el aliento y manteniendo el tipo, pero sus manos delataban su nerviosismo. Brandon exigió al muchacho que se rindiera varias veces, a lo que él respondía con un gesto de negación a pesar de que la derrota era inminente desde el principio. A Lysa le dio la sensación de que Brandon estaba harto del espectáculo. Vio cómo miraba hacia su hermana, buscando su aprobación para poner fin al duelo. Cat suplicó con los ojos que acabara con la tortura del muchacho y el Stark lanzó un tajo que cortó la protección de Petyr, causándole una herida bajo las costillas que comenzó a sangrar profusamente. El chico dirigió su última mirada a la mayor de las Tully y, mientras caía al agua sujetándose el pecho malherido, murmuró «Cat» y se desmayó. Lysa corrió hasta el río y se metió en él para sacar a flote la cabeza de Petyr. Al momento acudieron varios sirvientes y el maestre Vyman, que se encargaría de curarle las horribles heridas. Mientras trasladaban al muchacho moribundo, Lysa creyó ver una lágrima asomar a los ojos de Catelyn.
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lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 17


PETYR
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            Estaba en el bosque de dioses. No era consciente de haber llegado hasta allí, pero el cansancio le decía que había estado corriendo. Sentía la cabeza embotada, como si una niebla le impidiera ver sus propios pensamientos. De repente, vislumbró en su interior a Cat, su Cat, junto a aquel hombre que se la robaba, las manos entrelazadas y ella resplandeciente de felicidad. Se dejó caer sobre la hierba, agotado y sudoroso, la espalda tocando el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente mientras repetía una y otra vez el nombre de su amada. «Cat, Cat, Cat, Cat, ¿por qué me haces esto?» Le dolía el pecho por la carrera, pero él imaginaba que la razón era su corazón roto. Se tapó la cara con las manos y sollozó como un niño. Escuchó los pasos de alguien que se aproximaba. Lysa surgió de entre los árboles, resollando sin aliento. Ni se había percatado de que ella lo persiguió cuando salió huyendo del salón principal de Aguasdulces. Se aproximó a él con el rostro compungido. «Petyr, no llores, no merece la pena. Cat nunca podría haber sido tuya.» El muchacho rechazó su intento de abrazo al tiempo que le decía «¿Qué sabrás tú de lo que me pasa? ¡Sólo eres una cría con la cabeza llena de pájaros!» Lysa se apartó, dolida. «Sé lo que es amar y que no te correspondan… Y tú eres el culpable de ello, Petyr.» ¿A qué se refería? Nunca pensó que Lysa hubiera estado realmente enamorada de alguien en su vida, sólo pensaba en los protagonistas de las canciones que tanto le gustaban y en los besos de menta… ¿O no? No podía ser… ¡El juego de los besos no había sido sólo una travesura de las suyas! Ella lo había tomado en serio y por eso había estado demandando sus labios durante aquellos días en el bosque de dioses. ¡Qué ciego había estado! Petyr soltó un risa histérica. ¡Era increíble a la vez que irónico! Lysa enamorada de él, él de Cat y Cat a punto de casarse con otro. Qué patético sonaba todo. El amor era algo horrible e injusto. En el mundo real no cabían los romances de los poemas y las canciones. Sin embargo, él podría… La cara de Petyr se iluminó en un instante y Lysa observó extrañada la transformación de su rostro, que se hizo pétreo. «¿Qué te ocurre? Me estás dando miedo», le dijo mientras le pasaba las manos por las mejillas húmedas de lágrimas. No oía los requerimientos de la muchacha. Una idea le pasó por la mente. Una idea loca, pero ¿acaso no era de locos todo lo que estaba viviendo? «Voy a retar a Brandon Stark a un duelo. Cat tendrá que escucharme esta vez lo quiera o no», dijo en voz alta.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 16


CATELYN
Lord Hoster Tully se hallaba reunido en el salón principal con su hija mayor. Al día siguiente sería recibido en Aguasdulces su prometido, Brandon Stark de Invernalia. Lord Hoster había establecido el compromiso cuando Catelyn tenía doce años, pero se mantuvo en secreto a fin de no revelar ciertas alianzas entre la región de los Ríos y el Norte. La negativa de Brynden a casarse según conveniencia de su hermano ya había dado problemas, de forma que con el matrimonio de Cat y Brandon al menos se aseguraban un aliado fuerte. Ella no pensaba en todos estos motivos que su padre le iba exponiendo como una manera de justificar la elección. Aceptaba la decisión paterna como había aceptado ser señora de Aguasdulces al fallecer su madre. “Familia, Deber, Honor” era el lema de los Tully y ella era una Tully de los pies a la cabeza. Pero estaba sumamente nerviosa ante la perspectiva de conocer a su prometido. Su padre sólo lo había descrito como un muchacho de unos veinte años con porte de gran señor. Con tan pocas palabras no podía formarse una imagen clara de cómo sería Brandon Stark. Por lo menos era joven… 

Tras el encuentro con su padre para organizar el recibimiento, se dirigió a su habitación. Por el corredor superior del castillo se cruzó con Petyr, el cual no sabía nada de su compromiso. En Aguasdulces se conocía la llegada del heredero de Invernalia, aunque se consideraba que era una visita de cortesía. Al día siguiente se haría público. Catelyn estuvo a punto de revelarle a Petyr que estaba prometida la vez que hablaron en su peculiar sala de entrenamiento, pero calló a tiempo. Hubiera sido la excusa perfecta para que él cejara en su empeño de insistir en su afecto hacia ella, el cual se había repetido durante todos los días siguientes. Cuando Catelyn argumentaba que lo quería como a un hermano y que no podría casarse con él, Petyr respondía que los Targaryen llevaban generaciones casándose entre hermanos. «Y nosotros ni siquiera lo somos de verdad, Cat. No sería nada malo.» Catelyn respondía que no era natural, ni en el caso de los Targaryen ni en el suyo. En esa ocasión pasó de largo, saludándola con una subida de cejas. Pensó que era mejor así. Lo pasaba realmente mal cuando el muchacho la cogía de la mano y le hablaba de su amor por ella. Era un niño cabezota, siempre lo había sido. Al menos, aquella especie de acoso acabaría al día siguiente con el anuncio de su compromiso con Brandon Stark.
Y ese día llegó por fin. Catelyn no pudo conciliar el sueño en toda la noche y temía tener mal aspecto. Su juventud, unida a un peinado y un vestuario adecuados, suplirían el cansancio que mostrara su cara. A pesar de las horas de desvelo, no parecía estar tan mal cuando se contempló en el espejo. Todas las sirvientas le repetían lo hermosa que estaba. Incluso Lysa, que seguía con su actitud taciturna aun cuando todo parecía aclarado entre ellas, le dijo que su prometido iba a quedar impresionado cuando la viera. Lo cierto es que estaba radiante: vestía una túnica azul con las mangas rojas de seda traída de las Ciudades Libres y bordada con truchas saltarinas de hilo de oro a lo largo del cuerpo. El escote era ligeramente más pronunciado que en los vestidos que había tenido hasta ese momento. Ya era una mujer a punto de casarse y su atuendo lo ponía de manifiesto. El pelo estaba recogido en un intrincado moño al estilo de las regiones sureñas y dejaba al descubierto su cuello largo y blanco. Sí, estaba perfecta y eso le hizo sentir un poco más segura.

Se presentó en el salón principal, decorado con estandartes Tully y Stark. Todo el mundo había sido congregado allí por Lord Hoster. Entró ceremoniosamente y pudo ver a su paso a su tío Brynden, que había aceptado la invitación y al que quería como a un padre, a Lysa, a Edmure, a su septa, al maestre Vyman… Y a Petyr. Temía la reacción del muchacho ante el anuncio de esa mañana. Cerró los ojos un instante y respiró profundamente para quitarse esa preocupación de la mente. Era uno de los días más importantes de su vida y quería estar concentrada en todas las sensaciones buenas. Llegó al lugar donde su padre la esperaba y tomó asiento junto a él. Lord Hoster hizo una señal al sirviente que estaba junto a la puerta y éste anunció a Brandon Stark, hijo de Lord Rickard Stark y heredero de Invernalia. Catelyn estaba a punto de desmayarse por la tensión. La puerta se abrió y entró un joven muy alto, vestido con un jubón blanco nieve bordado con un huargo gris plata. Cat no se atrevía a mirar su cara, pero se sobrepuso al nerviosismo y decidió que era hora de ver qué aspecto tenía el que había de ser su marido mientras éste se acercaba. Se quedó paralizada: el rostro era ligeramente alargado, de color cetrino, con rasgos que parecían cincelados en mármol. Las cejas, oscuras y espesas, ensombrecían unos ojos que se adivinaban claros. La boca era grande y aparecía seria en ese momento. Su pelo, negro como el carbón, lucía recogido en una cola baja. Y tenía barba, tan oscura como el cabello. Catelyn quedó cautivada desde el primer momento. ¡Era aún mejor de lo que imaginaba! 

Brandon Stark saludó a Lord Hoster Tully y dirigió su mirada hacia Catelyn, que respondió con una reverencia. Ella pudo comprobar que sus ojos eran grises, aunque cálidos. Su padre invitó al joven a sentarse a su derecha mientras él mismo se levantaba y comenzaba a hablar. «Estoy honrado por la visita del joven heredero de Invernalia. Su presencia aquí es algo más que una formalidad entre familias de bien. Hoy quisiera hacer a todos los presentes testigos de un hecho feliz que pronto se producirá en esta casa: la unión de Aguasdulces e Invernalia, de los Ríos y el Norte, a través del matrimonio entre mi querida hija Catelyn y el hijo de Lord Rickard Stark, Brandon.» Al terminar, les indicó que se pusieran en pie y, tomando las manos de ambos, las unió de forma simbólica.
Un murmullo recorrió el gran salón. Los congregados se miraban entre sí y, finalmente, estallaron los aplausos. Catelyn estaba feliz. Su prometido la observaba con placer, recorriendo con los ojos todo su cuerpo. Ella no cabía en sí de gozo, flotaba, todo era perfecto. De repente, al tiempo que los aplausos iban apagándose, oyó un grito entre el público. «¡No puede ser, no lo permitiré!» Brandon buscó al dueño de la voz con el ceño fruncido y Catelyn descubrió horrorizada que era Petyr. La multitud se apartó para dejar paso al muchacho, el cual abandonó el salón a la carrera perseguido por Lysa.