PETYR
Una vez en su habitación, se dispuso a recoger
las escasas pertenencias. Sacó el pequeño baúl que trajo consigo la noche que
llegó. Miró alrededor: nada de lo que había allí era suyo realmente, ni
siquiera la ropa que llevaba puesta. Si hubiera podido, se habría marchado
desnudo de Aguasdulces. Dejó el baúl en el mismo lugar en el que estaba y sólo
tomó los dragones de oro que atesoraba en un cajón del armario.
Después de una comida frugal en el cuarto, bajó las escaleras con lo puesto. Según Ser Brynden, Lord Hoster había prohibido a sus hijas que fueran a decirle adiós siquiera. La historia se repetía: se iba con la misma poca importancia para los habitantes del castillo que cuando llegó. Nadie vino a recibirlo a pie de calle en aquella ocasión y ahora ningún miembro de la familia Tully salía a despedirlo. Llegó a la puerta de la fortaleza acompañado sólo del eco de sus propios pasos. Lo aguardaba ya el transporte que lo alejaría de allí, de lo que había sido su vida: casi diez años de felicidad y unos últimos meses de sufrimiento mezclado con la experiencia del primer amor y el sexo.
Después de una comida frugal en el cuarto, bajó las escaleras con lo puesto. Según Ser Brynden, Lord Hoster había prohibido a sus hijas que fueran a decirle adiós siquiera. La historia se repetía: se iba con la misma poca importancia para los habitantes del castillo que cuando llegó. Nadie vino a recibirlo a pie de calle en aquella ocasión y ahora ningún miembro de la familia Tully salía a despedirlo. Llegó a la puerta de la fortaleza acompañado sólo del eco de sus propios pasos. Lo aguardaba ya el transporte que lo alejaría de allí, de lo que había sido su vida: casi diez años de felicidad y unos últimos meses de sufrimiento mezclado con la experiencia del primer amor y el sexo.
Qué raro era todo… Llegó siendo un niño
y se marchaba como una especie hombre a medio hacer. Se pasó la mano por la
barbita del mentón y después por el pecho, palpando el lugar de la cicatriz.
Ahora no le importaba tenerla: así siempre recordaría que una vez fue débil y
ya no volvería a serlo. De repente, vio planear sobre él a un pequeño sinsonte.
El pajarillo era el único que parecía decirle adiós. Emitió un canto
melancólico similar al de un ruiseñor. Siempre le había entusiasmado ese
animal, minúsculo, gris y poco importante, pero capaz de imitar el canto de
otros pájaros para engañar a sus enemigos: el rey de la impostura. Eso era en
lo que lo habían convertido a él, en lo que le habían obligado a transformarse.
Justo antes de subir al
carro, dirigió una última mirada hacia Aguasdulces. Le pareció reconocer una
silueta recortada en una de las ventanas. Levantaba la mano y le decía adiós.
No supo distinguir quién de las dos hermanas era. Se obligó a no responder al
gesto y se tragó sus propias lágrimas. «Algún día volveremos a encontrarnos»,
pensó. «Y ya no seré un niño tonto. Ahora sé lo que soy y obtendré lo que deseo. He aprendido que no puedo ganar en vuestro juego, pero sí puedo ser
el triunfador del mío, como siempre lo he sido. Y te convertiré en mi doncella
de nieve para siempre, Cat. Lo juro aquí y ahora.» Sin dudarlo, se metió en el carruaje y no
miró hacia atrás.
FIN












