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domingo, 16 de septiembre de 2012

Capítulo 30 (FINAL)



PETYR
 Una vez en su habitación, se dispuso a recoger las escasas pertenencias. Sacó el pequeño baúl que trajo consigo la noche que llegó. Miró alrededor: nada de lo que había allí era suyo realmente, ni siquiera la ropa que llevaba puesta. Si hubiera podido, se habría marchado desnudo de Aguasdulces. Dejó el baúl en el mismo lugar en el que estaba y sólo tomó los dragones de oro que atesoraba en un cajón del armario.

Después de una comida frugal en el cuarto, bajó las escaleras con lo puesto. Según Ser Brynden, Lord Hoster había prohibido a sus hijas que fueran a decirle adiós siquiera. La historia se repetía: se iba con la misma poca importancia para los habitantes del castillo que cuando llegó. Nadie vino a recibirlo a pie de calle en aquella ocasión y ahora ningún miembro de la familia Tully salía a despedirlo. Llegó a la puerta de la fortaleza acompañado sólo del eco de sus propios pasos. Lo aguardaba ya el transporte que lo alejaría de allí, de lo que había sido su vida: casi diez años de felicidad y unos últimos meses de sufrimiento mezclado con la experiencia del primer amor y el sexo.

Qué raro era todo… Llegó siendo un niño y se marchaba como una especie hombre a medio hacer. Se pasó la mano por la barbita del mentón y después por el pecho, palpando el lugar de la cicatriz. Ahora no le importaba tenerla: así siempre recordaría que una vez fue débil y ya no volvería a serlo. De repente, vio planear sobre él a un pequeño sinsonte. El pajarillo era el único que parecía decirle adiós. Emitió un canto melancólico similar al de un ruiseñor. Siempre le había entusiasmado ese animal, minúsculo, gris y poco importante, pero capaz de imitar el canto de otros pájaros para engañar a sus enemigos: el rey de la impostura. Eso era en lo que lo habían convertido a él, en lo que le habían obligado a transformarse.




Justo antes de subir al carro, dirigió una última mirada hacia Aguasdulces. Le pareció reconocer una silueta recortada en una de las ventanas. Levantaba la mano y le decía adiós. No supo distinguir quién de las dos hermanas era. Se obligó a no responder al gesto y se tragó sus propias lágrimas. «Algún día volveremos a encontrarnos», pensó. «Y ya no seré un niño tonto. Ahora sé lo que soy y obtendré lo que deseo. He aprendido que no puedo ganar en vuestro juego, pero sí puedo ser el triunfador del mío, como siempre lo he sido. Y te convertiré en mi doncella de nieve para siempre, Cat. Lo juro aquí y ahora.» Sin dudarlo, se metió en el carruaje y no miró hacia atrás.

FIN


viernes, 14 de septiembre de 2012

Capítulo 28

 
PETYR
Fue llamado para presentarse ante Ser Brynden Tully. Como Lord Hoster aún reposaba de su ataque, delegó en su hermano el asunto de Petyr, que había quedado en suspenso. El muchacho lo prefirió, porque tenía más confianza con el Pez Negro, quien había sido más un padre para él que el propio señor de Aguasdulces. Petyr aún recordaba una noche, hacía unos tres años, en la que Edmure, Cat, Lysa y él se habían emborrachado con dorado del Rejo aprovechando la ausencia de los adultos y Ser Brynden se había ocupado de ocultar el estropicio a Lord Hoster para que no los castigara. En aquella ocasión, Petyr había estado bailando con Cat y ella parecía divertirse mucho. En ese estado de embriaguez, él intentó besar a Catelyn, pero ésta lo rechazó bruscamente. Por aquel entonces aún no tenía tan claros sus sentimientos; lo que sentía era una especie de veneración por aquella niña alta de pelo castaño rojizo que se movía con tanta elegancia en torno a él bajo el influjo del alcohol, riendo a carcajadas y lanzándole besos con picardía. Aquello quedaba tan lejos en el tiempo... Eran sólo unos críos, aunque, ¿eran adultos ahora? Estaban madurando a través de desengaños y sufrimientos. Hubiera preferido no crecer nunca y volver a ser el niño que jugaba a ser el caballero de Cat. Pero eso era imposible. 

Ser Brynden ya lo esperaba en el salón principal de Aguasdulces. Petyr entró tranquilo y se sentó frente a él. Imaginaba que se había tomado alguna decisión sobre su futuro en el castillo. Él no estaba muy preocupado: Cat no tardaría en casarse y el problema quedaría solucionado con su marcha, aunque él perdiera al amor de su vida... Al menos la vería alguna vez cuando ella visitara a su padre. Por lo que había oído, Lysa también se iba a casar, no tenía claro con quién; ella no le comentó nada cuando estuvieron juntos en su cuarto, pero la notó tan triste que posiblemente ya supiera algo en ese momento. En cierto modo, lo que ocurrió entre ellos tenía un dejo de despedida y también de despecho por ambas partes. Petyr desahogó sus deseos de poseer conscientemente a Cat con Lysa y ella pareció buscarlo a su vez como cuando le pidió un beso de menta: para experimentar qué se sentía haciendo el amor con alguien querido. Después de aquel encuentro, ella se marchó sin despertarlo y no volvió a verla. Había sido algo muy raro, pero no se arrepentía. Todo lo que estaba ocurriendo parecía haberle endurecido y no creía que nada pudiera hacerle daño ya. Pero esto sólo era una manera de ocultar todos sus temores e inseguridades. Era necesario hacerse una coraza para no mostrar más sus debilidades.


Ser Brynden comenzó a hablar a Petyr: «Hijo, mi hermano y yo hemos estado hablando sobre qué hacer contigo. Debes reconocer que tu presencia aquí ya no es bienvenida. Eres joven, pero nunca te había tenido por un alocado. Desde que viniste, percibí mucho mejor que Lord Hoster tu valía e intelecto. Es una pena que todo tenga que precipitarse y terminar de este modo.» Petyr escuchaba serio y tenso. ¿Qué iban a hacer con él? Su sueño habría sido quedarse en Aguasdulces como administrador para aprender todos los secretos de la economía de un gran señorío. «Te aseguro que he intentado por todos los medios suavizar la decisión de mi hermano, pero no ha dado su brazo a torcer: te irás de Aguasdulces y regresarás a Los Dedos.» Petyr no creía lo que estaba oyendo. ¡Volver a ese sitio miserable, como un perro apaleado y con el rabo entre las piernas! La sangre le subió a la cabeza y dejó de oír lo que Ser Brynden seguía diciendo, como si se hubiera caído a un pozo y oyera voces desde el brocal, ecos ininteligibles. Sólo acertó a entender que esa misma tarde abandonaría el castillo. Se levantó como un muerto viviente, incapaz de responder, y se dirigió a su habitación con la mente confusa.

martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 25

 
PETYR
El encuentro con Cat lo había dejado aturdido. Ya no sabía qué pensar… Catelyn parecía turbada cuando habló con él, ni siquiera pudo negar que lo había besado, pero tampoco le confesó que lo amara. Seguía siendo como su hermano y lo quería como tal; al menos eso creyó entender de las palabras de la muchacha. Se notaba un poco febril. Posiblemente eran los nervios por el encuentro con Lord Tully. Se colocó bien el jubón y reemprendió la marcha lentamente.
Entró por fin al salón principal. Allí lo esperaban Lord Hoster, Ser Brynden Tully y Vyman. No se explicaba qué pintaba allí el maestre. A lo mejor tenía que darle alguna mala noticia sobre su salud y las secuelas que las heridas le iban a dejar. Lord Hoster le indicó una silla con un gesto de cabeza. Su rostro tenía una expresión dura. Él posó sus ojos en Brynden, esperanzado. Había sido un confidente bondadoso en sus años infantiles y tenía fe en que lo defendería de la ira de Lord Tully. Tomó asiento y esperó a que el señor del castillo empezara a hablar. Aparentaba calma, pero las venas de la frente aparecían hinchadas. Fue directo al grano. «Petyr, estoy profundamente decepcionado. Aquí te hemos tratado como a uno más de la familia durante casi diez años, he compartido contigo el pan y la sal, has disfrutado de las comodidades de Aguasdulces y, lo que más me duele, has contado con la confianza de mis hijos…» Petyr estaba perdido, sin saber hacia dónde se dirigía el discurso. Lord Hoster seguía hablando: «Me has pagado avergonzándome ante la casa Stark, con la que he contraído una alianza poderosa, atreviéndote a retar al mismísimo heredero de Invernalia y prometido de mi hija.» ¿Le iba a echar un sermón por haber retado en duelo a Brandon Stark? ¿Acaso era ilícito hacerlo? Dejó que el señor de Aguasdulces continuara, esperando la finalidad de esa especie de introducción. «…Y lo peor no es eso.» Ahora Petyr ya no se imaginaba qué podría ser peor. Por primera vez, su cara de inocente frente a Lord Hoster era real. «Has deshonrado a la sangre de mi sangre de la manera más sucia y vil. Te has aprovechado de la inocencia usando alguna de tus tretas, pero esta vez no me valen excusas. Las pruebas son más que evidentes. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?» ¿De qué demonios estaba hablando? El maestre Vyman asintió ante estas palabras cuando Lord Hoster lo miró, buscando su confirmación. Petyr no sabía qué responder porque desconocía de qué lo culpaban. Por un momento pensó en el beso de Cat. ¿Se referirían a eso? Se armó de valor y, sin saber de dónde le salían las palabras, respondió: «Mi señor, he estado un mes convaleciente, entre la vida y la muerte. Diré en mi defensa que retar a un duelo por amor no es ninguna deshonra. Su hija es digna de lo mejor y yo no soy nadie, pero hasta los seres más humildes merecen una oportunidad en la vida.» Lord Hoster lo escuchaba atónito, mientras su hermano Brynden le pedía calma y con un gesto invitaba al muchacho a continuar. Petyr, alentado, prosiguió. «Decís que he cometido un delito aún más grave que deshonra a su hija… Perdonadme si os digo que fue ella la que lo hizo voluntariamente.» Lord Hoster estalló en un grito: «Pero, ¿qué dices canalla? ¿Estás insinuando que mi hija se metió en tu asquerosa cama porque quiso? ¡Juro que te mato aquí mismo, escoria inmunda!» Ser Brynden apenas lograba sujetar a su hermano, que ya había empezado a desenvainar la espada. Petyr retrocedió asustado, al tiempo que se mareaba al comprender el alcance de lo que Lord Tully acababa de gritar ¡Cat en su cama, su doncella de nieve era ella! Entonces no fue sólo un beso… ¡Todo lo demás también era real! No sabía si reír o llorar. Lo amaba y se iba a casar con otro. El señor del castillo le apuntó con un dedo amenazador, al tiempo que gritaba «¿Quién te crees que eres, Meñique? ¡Jamás habrá un Baelish en mi familia, lo juro por los Siete! ¡Y te rebanaré el cuello como digas una palabra de est…!» Lord Hoster se desplomó de repente con el rostro congestionado.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Capítulo 23


PETYR
Tras casi treinta días de encierro, Petyr obtuvo permiso del maestre para salir de la habitación. Lo haría por su propio pie, aunque no sin trabajo. Había estado ejercitándose dos semanas en el cuarto y recuperado parte de las fuerzas, pero aún necesitaba apoyo para moverse. Seguía estando delgado y su rostro había perdido el color moreno después de un mes sin ver el sol. Parecía un fantasma y así se sentía él: un espíritu invisible al que nadie percibía. Era un ser sin importancia en la vida de Aguasdulces. Para más desgracia, aún presentaba numerosas cicatrices que irían desapareciendo, aunque la del pecho quedaría ahí para siempre, como un recuerdo doloroso del gran fracaso de su vida.

Mientras se vestía, se pasó la mano por el torso, acariciando la herida, y un pensamiento fugaz, como un fogonazo, le cruzó la mente: ¿Dónde estaba Lysa? Desde que se batió en duelo con el Stark no había sabido nada de ella. Era extraño… La muchacha le había confesado su amor y, sin embargo, no le visitó durante su convalecencia, mientras que Cat se había arriesgado a verle e incluso le había besado. Quizás estuvo en el cuarto mientras él dormía bajo los efectos de la leche de la amapola. El estado de semiinconsciencia que provocaba el brebaje le había dejado un sinfín de lagunas mentales. Era un remedio bastante peligroso y no convenía administrarlo mucho tiempo según le comentó el maestre. Ahora entendía por qué. Le fastidiaba haber perdido quince días de su vida que se resumían en un gran espacio en blanco, salpicado sólo por escenas que no lograba dilucidar si eran reales o soñadas.
Ese día estaba citado para hablar con Lord Hoster. Se encontraba poniéndose las botas cuando una sirvienta llamó a la puerta. La hizo pasar y ésta le comunicó que el señor del castillo ya lo esperaba en el gran salón. Temía esa reunión más que nada en el mundo, porque no sabía lo que iba a decirle. Tenía la esperanza de que estuvieran a solas. Si Edmure estaba presente, la humillación le dolería el doble. No creía que Cat o Lysa asistieran, ya que era un tema entre hombres. Cuando terminó de vestirse, abandonó el cuarto y comenzó a avanzar por el pasillo lentamente sirviéndose de una muleta que el maestre Vyman había mandado hacer para él.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Capítulo 21


PETYR
Despertó sudando. Abrió los ojos despacio. La luz que apenas entraba por la ventana medio abierta le quemaba las pupilas. Volvió la cabeza y descubrió al maestre Vyman dormitando en una silla de madera y cuero. Pidió agua con un hilo de voz. El maestre no lo oyó y siguió durmiendo. Petyr alzó una mano, intentando llegar a un vaso que reposaba en la pequeña mesa instalada cerca de su cabecera. Con los dedos empujó el recipiente y éste cayó al suelo, despertando a Vyman, que se alzó como impulsado por un resorte. Se acercó al muchacho y le tocó la frente: la fiebre estaba remitiendo. Petyr sentía como si se hubiera despertado de un sueño muy profundo, interrumpido por unos pocos momentos de lucidez. O de algo parecido. No conseguía distinguir lo que fueron estados de sueño y de vigilia. Ahora ya notaba la mente un poco más clara y despejada. Preguntó al maestre cuánto tiempo llevaba allí: quince días. ¡Tanto! A él le dio la sensación de que había sido menos. Se tanteó el cuerpo: estaba delgado, con los huesos de las caderas muy marcados. Quiso incorporarse, pero no halló las fuerzas. El maestre le acercó el agua y bebió con avidez. Su estómago vacío protestó con un rugido y preguntó si podía tomar algo sólido. Vyman respondió afirmativamente y salió en busca de unas gachas calientes. «Algo suave para empezar. Has estado a base de caldos y leche de la amapola dos semanas.»
Ya solo, intentó reorganizar sus pensamientos. Recordaba el duelo, recordaba a su doncella de nieve y, lo más importante, recordaba a Cat besándolo. A lo mejor era también parte de uno de sus delirios en mitad de la fiebre. Al haber perdido la noción del tiempo, no sabía si ella lo había besado antes o después de alguno de sus sueños o sólo lo imaginó. Le vinieron a la memoria los cabellos sobre la manta… ¿también eran una fantasía? Se miró la mano y buscó en la cama, pero ya no estaban. Cerró los ojos a fin de concentrarse. Había soñado dos veces más con la joven de pelo castaño desde su primer encuentro, tan desconcertante como placentero, y en el que imaginó que era Catelyn. La segunda vez ya no estaba en mitad de un paisaje frío, sino en un cómoda alcoba ricamente decorada. La muchacha acudía a él buscando sus manos, sus labios, su abrigo, su protección. Se había sentido poderoso abrazándola y sintiéndola como suya. De nuevo la joven lo había besado con fuerza y todo se precipitó como en la primera ocasión. La última vez que soñó con ella fue de lo más extraño. Por un breve instante creyó reconocerla por fin. Su pelo ya no era castaño oscuro, sino rojizo, pero podía ser por efecto de la luz de la vela que iluminaba la estancia. El rostro apenas se dejaba ver, oculto por el cabello, pero había algo demasiado familiar en él, tanto que… «¿Eres tú, Cat? Siempre has sido tú, ¿verdad?», se atrevió a preguntar en medio de los besos que la muchacha le daba en el cuello. «Sí. Soy ella, Petyr, y te amo. Bésame, besa a tu Catelyn.» Mientras pensaba en todo esto, notó que se excitaba. Había algo que cada vez tenía más claro: Cat estuvo en su habitación y lo había besado. Esa sensación de sus labios tocados por los de su amada había sido demasiado vívida. Pero también lo era el cuerpo de su doncella de nieve, por lo que…
El maestre Vyman entró, interrumpiendo sus cavilaciones. Le dio el plato de gachas con la paciencia de una madre. Al terminar, Petyr se sentía un poco más fuerte y pidió levantarse. El maestre lo ayudó y le aconsejó hacerlo con cuidado. Debía ir probando todos los días a moverse para recuperar el tono muscular perdido tras tanto tiempo en la cama. Se puso de pie y caminó unos cuantos pasos por la habitación, siempre apoyado en Vyman. Al pasar por delante del pequeño espejo de cobre, éste le devolvió la imagen de un ser desconocido: una figura delgada, con una cabeza llena de pelo negro rizado y demasiado largo y con los pómulos hundidos. Se pasó la mano por la barbilla y notó que le había crecido un vello más fuerte allí, formando una especie de perillita puntiaguda. Se estaba convirtiendo en un hombre a base de golpes. No era ni la sombra del antiguo Petyr. Mucho tendría que caminar para recuperar parte del muchacho que había sido. Esbozó una sonrisa y, en el fondo, se dio por derrotado, pero no quería admitirlo. «Estaba loco cuando reté en duelo al prometido de Cat», pensó. «Soy un sentimental, lo quiera o no.» Siempre le decía a Lysa que la vida no era una canción y ahora él lo había comprobado en sus propias carnes. 
Fuente imagen: www.pixiv.net/member_illust.php?mode=manga&illust_id=27336063

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capítulo 19


PETYR
No reconocía el lugar donde se hallaba. Estaba nevando, sentía frío por todo el cuerpo, y también dolor. Se pasó la lengua por los labios resecos. Tenía la boca amarga, como si hubiera bebido la leche de la amapola, y necesitaba con urgencia una hoja de menta. Buscó en los bolsillos de su escasa ropa, pero no encontró ninguna. Estaba helado y puso los brazos bajo las axilas para intentar entrar en calor, pero no dejaba de tiritar. Miró a su alrededor intentando ver algo que le resultara familiar. A su espalda se alzaba una fortaleza gigantesca y extraña. Estaba construida sobre un escarpado precipicio. Le recordó a los nidos de águilas que había visto en Aguasdulces... Pero este sitio no era su hogar. Emprendió una caminata sin rumbo a través de la nieve. A lo lejos creyó ver algo agazapado en el manto blanco del suelo. Conforme se acercaba, la figura iba definiéndose hasta que se convirtió en una persona de espaldas y arrodillada, tapada por una capa con capucha. Quien quiera que fuese, estaba muy concentrado en algo que hacía en la nieve. Al aproximarse, descubrió que estaba construyendo una especie de castillo. Se acuclilló a su lado para ver mejor y la figura volvió su rostro hacia él. Era la muchacha que visitaba sus sueños últimamente, tan parecida a Cat, pero con el pelo castaño oscuro y más joven. Le pidió ayuda para continuar su trabajo y así estuvieron no supo cuánto tiempo. Terminada su obra, ella se incorporó y lo miró a los ojos con decisión. Petyr no dudó un instante: se levantó a su vez, le tomó la cara y, por fin, la besó. ¿O era ella quien lo besaba? Empezó a notar los labios de la muchacha anhelantes sobre su boca, como si quisiera bebérsela, perdido el control por la excitación. La desconocida y a la vez familiar aparición comenzó a explorar su cuerpo con las manos y él se dejaba hacer, rendido, sobre la nieve. Ya no tenía frío: sólo sentía el calor del cuerpo desnudo de la adolescente sobre el suyo. Los besos eran repartidos por su boca, su pecho, su abdomen. Ella se colocó a horcajadas sobre él, le tomó las manos y se los puso sobre sus pequeños senos, al tiempo que se arqueaba hacia atrás, tensando su blanca espalda. Él empezó a moverse rítmicamente contra las caderas de la muchacha, sin control, e inundado por una ola de placentero calor que le quemaba, exclamó «¡Oh, Cat, mi Cat…!»
Fuente imagen: http://akariyakki.tumblr.com/tagged/petyr
Un golpe seco, como de un portazo, lo sacó de su delirio. Abrió los ojos y todo se oscureció. Estaba sobre una cama, solo, desnudo y medio destapado, en una habitación: su dormitorio de Aguasdulces. Le pesaba el cuerpo dolorido y la cabeza era una olla hirviendo. Se sentía ardiendo y la boca estaba pastosa y seca. Intentó moverse para colocarse las mantas, pero un pinchazo bajo las costillas le hizo desistir y, entonces, recordó: había retado a duelo a Brandon Stark y éste lo habría matado de no ser por la intervención de Catelyn. Las magulladuras formaban un mosaico de teselas púrpura en la piel y su pecho estaba vendado con fuerza. 
Fuente imagen: http://elysiumtan.tumblr.com/
La puerta se abrió y entró el maestre Vyman. Mientras lo arropaba, le preguntó cómo se encontraba, a lo que respondió como pudo que no muy bien. De hecho, creía haber estado delirando. El maestre puso su mano en la frente del muchacho y confirmó que tenía fiebre. Le dio a beber la leche de la amapola, pero él pidió agua. El maestre se negó en rotundo y le obligó a sorber el líquido blanco de un cuenco. Petyr retiró los labios asqueado después de un breve trago. Echaba de menos sus hojas de menta, pero no podía hacer nada excepto seguir las recomendaciones de Vyman.
Cuando éste salió de la habitación, empezó a recordar el sueño que había tenido en medio de su estado febril. Había sido tan real… Los besos, el contacto de los cuerpos, el calor… No: sólo eran alucinaciones producto del mejunje que le administraban para calmar el dolor de las heridas y tenerlo sedado. No era capaz de adivinar cuánto tiempo llevaba allí tumbado, ni si era de noche o de día: estaba desorientado. Al acomodarse las ropas, notó una cálida humedad entre las piernas. Metió la mano y la sacó manchada de algo que parecía sangre. ¿Tenía una herida allí? Posiblemente. Mientras se limpiaba como podía en las mantas descubrió sobre ellas unos cabellos largos y cobrizos. Con ellos entre los dedos, cayó de nuevo en un profundo sueño.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 17


PETYR
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            Estaba en el bosque de dioses. No era consciente de haber llegado hasta allí, pero el cansancio le decía que había estado corriendo. Sentía la cabeza embotada, como si una niebla le impidiera ver sus propios pensamientos. De repente, vislumbró en su interior a Cat, su Cat, junto a aquel hombre que se la robaba, las manos entrelazadas y ella resplandeciente de felicidad. Se dejó caer sobre la hierba, agotado y sudoroso, la espalda tocando el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente mientras repetía una y otra vez el nombre de su amada. «Cat, Cat, Cat, Cat, ¿por qué me haces esto?» Le dolía el pecho por la carrera, pero él imaginaba que la razón era su corazón roto. Se tapó la cara con las manos y sollozó como un niño. Escuchó los pasos de alguien que se aproximaba. Lysa surgió de entre los árboles, resollando sin aliento. Ni se había percatado de que ella lo persiguió cuando salió huyendo del salón principal de Aguasdulces. Se aproximó a él con el rostro compungido. «Petyr, no llores, no merece la pena. Cat nunca podría haber sido tuya.» El muchacho rechazó su intento de abrazo al tiempo que le decía «¿Qué sabrás tú de lo que me pasa? ¡Sólo eres una cría con la cabeza llena de pájaros!» Lysa se apartó, dolida. «Sé lo que es amar y que no te correspondan… Y tú eres el culpable de ello, Petyr.» ¿A qué se refería? Nunca pensó que Lysa hubiera estado realmente enamorada de alguien en su vida, sólo pensaba en los protagonistas de las canciones que tanto le gustaban y en los besos de menta… ¿O no? No podía ser… ¡El juego de los besos no había sido sólo una travesura de las suyas! Ella lo había tomado en serio y por eso había estado demandando sus labios durante aquellos días en el bosque de dioses. ¡Qué ciego había estado! Petyr soltó un risa histérica. ¡Era increíble a la vez que irónico! Lysa enamorada de él, él de Cat y Cat a punto de casarse con otro. Qué patético sonaba todo. El amor era algo horrible e injusto. En el mundo real no cabían los romances de los poemas y las canciones. Sin embargo, él podría… La cara de Petyr se iluminó en un instante y Lysa observó extrañada la transformación de su rostro, que se hizo pétreo. «¿Qué te ocurre? Me estás dando miedo», le dijo mientras le pasaba las manos por las mejillas húmedas de lágrimas. No oía los requerimientos de la muchacha. Una idea le pasó por la mente. Una idea loca, pero ¿acaso no era de locos todo lo que estaba viviendo? «Voy a retar a Brandon Stark a un duelo. Cat tendrá que escucharme esta vez lo quiera o no», dijo en voz alta.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 15


PETYR
Ya hacía una semana que ocurrió lo del beso con Cat y ella no se mostraba enfadada a pesar de cómo reaccionó en un principio. Eso le dio ánimos a Petyr: a lo mejor intentaría ir más allá y ser sincero, declararle sus sentimientos. Era difícil encontrar el momento adecuado porque en los últimos días, desde que regresó Lord Hoster a Aguasdulces, Catelyn apenas se dejaba ver, ocupada en sus obligaciones de señora, las cuales parecían haber aumentado de repente. Las únicas ocasiones en las que la veía eran las comidas, por lo que la privacidad era nula. Tendría que ingeniárselas para hablarle a solas.
Ahora que Lysa se negaba a seguir con sus escapadas al bosque de dioses y que la biblioteca no le reportaba nada novedoso, retomó su entrenamiento con la espada, aunque sólo para dar salida a la energía acumulada en esos días de experiencias nuevas para él. Cada estocada tenía como propósito eliminar de su mente los deseos de tomar a Cat de los hombros y besarla con todas sus fuerzas. Pero era un trabajo inútil. Se paró por un momento a pensar mientras se secaba el sudor de la frente. Debía tener la mente fría para expresarle lo que sentía. Perder el control de la situación era lo último que quería. Cat ejercía demasiada influencia sobre él, lo que era peligroso. Concentrado en esas cavilaciones, no oyó los pasos que se acercaban. Era ella. Entró despacio, sin querer rozarse con nada de lo que allí había por temor a mancharse y mirando el lugar extrañada. Petyr no mostró sorpresa. Se puso el jubón a pesar del calor y le preguntó que qué quería. Catelyn sonrió levemente y, sin hacer caso a su demanda, le dijo que ése era el último lugar en el que hubiera buscado. «Sé que estabas aquí porque anoche Lysa me dijo que te vio una mañana entrenando.» «Antes no tenía por costumbre espiarme», contestó él secamente. Cat lo miró con tristeza y le recriminó la dureza de sus palabras para con su hermana pequeña. Petyr bajó la cabeza con vergüenza. «Bueno, ya ves que esto no es un secreto para vosotras. Sé que es una ridiculez, pero me ayuda a desahogarme. No tengo pretensiones de gran caballero.» Cat lo miró fijamente a la cara. Él le mantuvo la mirada. Era el momento: ahora o nunca. «Catelyn», le dijo por primera vez en nueve años, «Te amo. Estoy enamorado de ti. No lo supe hasta hace un año. Sé que no soy nadie, pero me gustaría merecerte de algún modo. El día que te besé se ha convertido en el más feliz que recuerdo en toda mi vida.» Ella lo escuchaba con rigidez, los labios apretados. «Por favor, di algo», suplicó Petyr. Cat se acercó y le rozó los rizos húmedos con la punta de los dedos. «Petyr, te quiero y lo sabes, pero como quiero a Lysa y a Edmure. Debes meterte eso en la cabeza. Tú y yo somos hermanos, ¿no lo comprendes? Aunque tuvieras posibilidades, no te aceptaría porque no te quiero del modo que tú pretendes y además voy a…» Él no la dejó terminar. «¡Pero no somos hermanos, Cat, no lo somos!» Él hizo el ademán de acercarse. Cat dio un paso hacia atrás y pegó la espalda al quicio de la puerta. Petyr pensó con tristeza que lo veía como una amenaza. «No voy a hacerte nada, Cat. Lastimarte es lo último que deseo, ¿es que ya no me conoces?» Ella pareció sonrojarse y le contestó que creía hacerlo hasta que la besó en el bosque de dioses. Antes de salir por la puerta, puso sus labios sobre la mejilla de ella. «No me rendiré. Sabes que odio perder», le susurró.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Capítulo 12


PETYR
La tarde de su beso a Cat estuvo caminando en una nube y repitiendo la escena en su cabeza una y otra vez: el rostro confiado de la muchacha, sus ojos cerrados, la boca ligeramente abierta... Lo siguiente (el empujón, la bofetada, la huida), prefería no recordarlo. Tras la marcha de la joven, Petyr se quedó en el bosque de dioses con Lysa, pero de forma súbita ésta no quiso saber nada más del juego de los besos. Le recriminó su manera de utilizarla, porque había visto claramente cómo besaba a Catelyn, con un ansia que no ponía cuando la besaba a ella. Y eso que fue algo breve. Petyr trató de convencerla de que se había limitado a cobrarse su prenda y no le pareció mal hacerlo en forma de beso. Además, unos momentos antes la había besado a ella de manera diferente, pero nada haría que Lysa creyese su mentira. Podía ser una niña simple, sí, mas no se le escapaba que algo raro había entre él y su hermana. «¡Has cerrado los ojos mientras la besabas! ¡Nunca los cierras conmigo, a veces abro los míos y te veo mirando hacia otro lado!», protestó.  Él no halló la manera de convencerla a través de las palabras ni de los actos. Quiso abrazarla, pero ella se zafó con rapidez y también salió corriendo. No entendía su actitud. Con Lysa todo había sido un simple juego y nada más.
Durante los tres días que vinieron, el ambiente en Aguasdulces estaba enrarecido. En la mesa no se oían risas sofocadas ni cuchicheos. Los sirvientes respiraban tranquilos al ver que, por fin, los niños díscolos se habían convertido en adultos y se librarían de sus travesuras. Catelyn actuaba como si nada hubiese pasado, pero Lysa andaba con una expresión entre triste e indignada todo el día, como un alma en pena. Ya no iba al bosque de dioses con Petyr, ni quería compartir con él ningún secreto o trastada. El muchacho decidió entretenerse de otra manera esos primeros días. Acudía a la biblioteca a leer tomos de tema histórico y también los viejos libros de cuentas de Aguasdulces. La economía era lo suyo desde los tiempos lejanos de Los Dedos. Desde pequeño había sido muy listo a la hora de sacar dinero de inocentes negocios. Le entusiasmaba ver cómo crecían sus ahorros. De hecho, desde que llegó a la región de los Ríos, Lord Hoster le había encargado algunos asuntos de este tipo y consiguió reunir una pequeña cantidad de dragones en su habitación… pero era una fortuna miserable con la que no podría comprar ni un cochinillo.
Un día se le ocurrió ojear por curiosidad uno de esos libros diminutos y llenos de ilustraciones coloridas que tanto entusiasmaban a Lysa y que recogían cuentos y poesías de las que recitaban los bardos. El elegido por Petyr contaba la historia de un joven muchacho de origen humilde que se enamora de una princesa, cuyo padre la había encerrado en una torre de oro y cristal para que nadie se la robara. El joven, a pesar de ser pobre, era ingenioso y con su astucia consigue incluso vencer en un duelo al guardián de la torre, un gigante peludo y fiero. Petyr se rio de semejante historia, pero le gustaba pensar que los débiles y pequeños vencían a los grandes y poderosos. La realidad, tristemente, era otra: el dinero y la fuerza física eran las armas más poderosas y él no tenía ninguna de ellas. En un mundo como el suyo, la gente que sólo contaba con su inteligencia no triunfaba. Como mucho se limitaba a sobrevivir. Eso era lo que sentía que había estado haciendo durante toda su existencia. Y se odiaba por ello.

lunes, 27 de agosto de 2012

Capítulo 10


PETYR
No daba crédito. Había bajado la guardia y todo por querer agradar a Cat. Su tonta y loca idea de ser un caballero ya que no podía ser un rico señor le había hecho perder facultades. Lysa, la simple de Lysa, le había pillado en una mentira y conseguido algo que sospechaba que llevaba tiempo queriendo obtener de él: saber cómo era un beso de menta, vaya tontería. No era cuestión tampoco de hacer un drama de ello, pero habría querido tener su primera experiencia con su adorada Cat. Lo miró por el lado bueno: podría servirle para aprender. De hecho, había sido un beso bastante torpe, un estrujamiento de sus labios contra los de Lysa, que se abrían ansiosos. No era la primera vez que ella besaba a un chico y se notaba. Petyr despegó sus labios tímidamente pero volvió a cerrarlos sin saber qué hacer a continuación. Lysa se dio por satisfecha de todas formas. Cuando se separaron, la muchacha tenía las mejillas arreboladas y los ojos cerrados con una expresión de deleite. Petyr estaba desconcertado porque sentía calor de la cabeza a los pies. Nunca había pensado en Lysa en ese sentido: su objeto de adoración era Cat. Por esa razón se extrañó de la reacción de su cuerpo. Si había sido así con Lysa, no podía imaginar cómo sería con su Cat. Y tenía claro que lo averiguaría.
Era la hora de comer. En el salón principal del castillo se había preparado una mesa con varios manjares, casi todos los preferidos de Edmure, según órdenes de Catelyn: empanada de lamprea, tortas de manzana con miel, pato regado con vino dulce… Durante la comida, Lysa no paraba de hablar aprovechando la ausencia de su padre, mirando una y otra vez a Petyr con malicia. Éste la esquivaba al principio, pero tomó la decisión de mantenerle la mirada y sonreír como cuando de niños compartían un secreto. A Lysa pareció agradarle y le guiñó furtivamente un ojo mientras le tiraba un pequeño beso. Petyr rió por dentro. Para ella era un juego como los de la infancia. Él lo usaría como instrumento para conseguir lo que quería. De pronto sintió los ojos de Cat sobre él. Giró la cabeza hacia ella y sonrió. La muchacha le devolvió la sonrisa con un gesto interrogante. La tenía desconcertada. Eso no estaba mal. Si Cat también bajaba la guardia, podría cobrarle la prenda fácilmente.
Durante varios días, Lysa y Petyr fueron al bosque de dioses agarrados de la mano a jugar al juego de la verdad, que a partir de ese momento y por imposición de Lysa se llamaba el juego de los besos. Ya no consistía sólo en preguntar y responder, sino también en besarse cada vez más cerca de la boca empezando por alguna parte absurda del cuerpo: un pie, una rodilla, una oreja… Lysa estaba encantada. Petyr accedía a sus peticiones con sumisión mientras imaginaba que besaba a Cat. Acababa agotado por la excitación y por las noches casi no dormía imaginando qué sentiría si jugara con la mayor de las Tully. Los sueños estaban muy lejos de ser reparadores. Siempre aparecía la misma muchacha blanca, con el pelo castaño y parecida a su amada, que lo miraba amorosamente mientras le ofrecía sus labios bajo la nieve, pero nunca se dejaba besar, dejándolo insatisfecho y desazonado al despertar.
Lo que Petyr consideraba una especie de entrenamiento bastante más interesante que el de la espada, se convirtió casi en un ritual tras las comidas.  Cierto día, llegado el turno de Petyr, y cuando apenas habían empezado a jugar, se lanzó a la boca de Lysa, esta vez abriendo los labios e intentando meter su lengua entre los de ella. La muchacha se apartó con la respiración entrecortada. Él pensaba que lo estaba haciendo bien y, dada la experiencia de la chica, creyó que eso no debería sorprenderla. Le preguntó tímidamente si había algún problema, a lo que ella respondió que todo lo contrario, sólo que veía que aprendía rápido. Lysa decidió que el juego se había acabado cuando, de repente, Catelyn se presentó ante ellos.

domingo, 26 de agosto de 2012

Capítulo 8


PETYR
Estaba destrozado. Nunca habría imaginado lo duro que era entrenarse para ser un caballero y empezaba a tener claro que no valía para ello, nunca lo había valido. La verdad era que no le interesaban las gestas militares. Lo suyo siempre fue intentar saber cómo se enriquecía la gente. Había oído hablar de la mítica riqueza de los Lannister de Roca Casterly y de que su origen estaba en que Lord Tywin Lannister cagaba oro. Él no creía esos cuentos de tatas viejas, por supuesto, pero tampoco llegaba a hacerse una idea de cómo acumularon tanto poder económico. En la biblioteca de Aguasdulces no halló respuesta y eso le deprimía. Aunque lo triste era que él no tenía dinero ni tampoco era un caballero, así que el pedestal sobre el que se sentaba Catelyn se le antojaba cada vez más alto.
Dejó la espada dentro de un saco de serrín que nadie había tocado en años, se colocó el jubón y salió del castillo. Lo que más le apetecía era darse un buen baño en el río. El agua fría entumecería sus agotados miembros y le haría olvidar el dolor que tenía en ellos. Pronto llegó a la ribera y contempló la unión entre el Piedra Caída y el Forca Roja. Los miembros de la familia Tully eran enterrados en esas aguas según la tradición. Pensó que a lo mejor se impregnaba de algo de ellos al bañarse allí. Sin dudarlo, se quitó la ropa y se zambulló en el agua. No tenía fuerzas ni para nadar, así que se dejó mecer con cuidado de que la corriente no se lo llevara demasiado lejos. Cuando empezó a sentir frío, salió del agua para secarse al sol antes de vestirse, pero por poco tiempo. No le gustaba verse el cuerpo delgado, sin un ápice de músculo, y con apenas un rastro de vello en el pecho y en la ingle. Pensaba que, al crecer, se convertiría en un hombre alto y fuerte, pero se dio cuenta de que eso había que trabajarlo, sobre todo la fuerza. Lo de la altura ya no tenía remedio. Meñique… era Meñique, a su pesar. Se rio de sí mismo y, sin pensarlo, gritó «¡Caaaaaaaaaaaaaaaaaaaat!»
Se vistió y se sentó un rato para recuperar fuerzas del todo. De pronto apareció por allí Lysa, lo que le extrañó teniendo en cuenta lo poco que le gustaba madrugar. Ella se aproximó sonriente, con aire decidido, y le dio los buenos días. Petyr le devolvió el saludo mientras trataba de traducir lo que veía en sus ojos. ¿Lo habría estado espiando? No lo creía; al menos no lo imaginaba de ella. Él era su cómplice en todo, de forma que no le cuadraba la idea de que ahora se convirtiera en víctima de alguna travesura diseñada por ella. Empezaron a hablar de temas sin importancia hasta que Lysa le preguntó que qué hacía allí tan temprano. «Nada, sólo vine a tomar un poco de aire fresco. Ya sabes que las cuatro paredes del castillo me agobian», se excusó él. Ella lo miró de soslayo con un gesto que denotaba poco convencimiento. «Juguemos al juego de la verdad», propuso Lysa. Empezaron con preguntas tontas que respondían con mentiras sólo por divertirse pidiendo y pagando prendas absurdas: colgarse boca abajo de un árbol, mojarse la cabeza en el río, masticar un puñado de hierba... Era el turno de Lysa. De repente,  su rostro se tornó solemne. «¿Es verdad que estás entrenándote en secreto para ser caballero?» Petyr no cambió de expresión a fin de no verse descubierto. Después empezó a reírse de manera teatral, revolcándose por la hierba mientras Lysa lo miraba seria. Él siguió con la pantomima hasta que ella se cruzó de brazos y lo asesinó con los ojos. Petyr dejó de fingir diversión y le dijo que no con decisión. La muchacha se levantó de un salto. Pensó que se marchaba enfadada, pero Lysa se dirigió hacia un árbol cercano. De un hueco del tronco sacó la espada con la que Petyr se había estado entrenando un rato antes. Su tez morena se puso pálida. No podía ser. Él era un maestro en cualquier juego, no estaba preparado para perder. «Tienes que pagarme una prenda», sentenció Lysa con una sonrisa entre pícara y divertida. «Pero antes, échate una hoja de menta a la boca.»

viernes, 24 de agosto de 2012

Capítulo 6


PETYR
El día había ido mejor de lo que esperaba. Primero había asistido a la derrota humillante de Edmure frente a un mozo de los que usaban para los entrenamientos. El niño, a pesar de tener sólo diez años, era orgulloso y aquello le dolió. Petyr sintió un calor reconfortante por dentro cuando lo vio en el suelo, lloroso y con las mejillas coloradas, más por la vergüenza que por el esfuerzo del combate. Ahora sabría qué era la humillación. En esos momentos, Petyr recordó cómo un año antes Edmure le había dejado en ridículo delante de Cat y Lysa. Era más de lo que podía soportar. Estaban jugando al sitrang una noche y el niño no hacía nada más que incordiar de un lado para otro. Petyr le recriminó la actitud diciéndole que los bebés no deberían estar levantados a esas horas molestando a las personas mayores. Edmure, ofendido, le dijo que qué tenía él de persona mayor, cuando no era más que el meñique de Los Dedos. Petyr procedía de la parte más pequeña de esa región, lo que unido a su estatura, hacía de este comentario algo bastante ingenioso. Lo que más le dolió fueron las risas de las dos hermanas ante la ocurrencia de Edmure. Era el niño mimado de todos los Tully por su condición de heredero, así que el apodo de Meñique se hizo popular en Aguasdulces para referirse a Petyr. Él siempre aparentaba no sentirse molesto cuando lo escuchaba, pero Lysa sabía que era uno de su puntos débiles y lo atacaba con ese nombre cuando estaba enfadada con él o simplemente para hacerlo rabiar.
También había dado un pequeño paso en su nueva manera de relacionarse con Cat. Desde su llegada, Lysa y ella lo habían acogido como a un hermano, pero Petyr estaba experimentando un sentimiento nuevo hacia la mayor de las Tully. Los juegos de la niñez empezaban a quedar atrás y notó que ahora descubría a una nueva Catelyn. De alguna manera, ella fue siempre su preferida. La madurez que demostraba, su sentido del honor, la forma en que amablemente reñía las travesuras de Lysa…, todo ello conformaba un conjunto de virtudes que a Petyr le parecían excepcionales en una persona tan joven. Ahora que era casi una mujer de dieciocho años, Petyr se dio cuenta de que ya no la miraba como a una hermana. La belleza que contempló por vez primera en una niña de nueve años había ido incrementándose, haciendo de ella una encantadora joven en todos los sentidos. Petyr se descubrió un día mirándola embobado, sintiendo una punzada extraña en la parte baja del estómago. Ella le había devuelto la mirada, sonriendo, pero como siempre lo hacía: como cuando sonreía a Edmure. Petyr bajó el rostro, dolido sin tener muy claro por qué, y ahí empezaron los días de sufrimiento.
Buscó un apoyo en Lysa, que era sólo un año mayor que él. Desde que llegó a Aguasdulces, ella lo había seguido en todas sus aventuras como un perrillo. Lo buscaba desde el mismo momento en el que se levantaba de la cama y no hacía nada sin consultar antes con Petyr. Notó que sentía fascinada por su manera de ser y usó eso como un comodín para lograr cosas cuando quería. Fingía enfadarse con ella si le hacía la contra, con lo que Lysa volvía suplicante y llorosa para que hicieran las paces y volvieran a ser amigos. Con Catelyn nunca le habían valido esas tretas, pero hasta ese momento no le importó. Ahora que actuaba plenamente como señora del lugar y la empezaba a adorar en la distancia, sí consideraba una derrota el poder que ejercía sobre él. De alguna manera, la posición social que ella tenía incrementaba el atractivo de la joven, a la vez que la hacía inalcanzable para un don nadie como él. Petyr, que siempre se había considerado una persona con recursos, por primera vez no tenía una solución fácil a un problema: el de acercarse a Catelyn y desvelarle sus sentimientos.
Mientras se desvestía en su habitación para acostarse, Petyr no paraba de darle vueltas a la prenda que pediría a Cat. No sabía hasta qué punto ella tomaría un simple juego tonto como una obligación, aunque conociendo su sentido del honor imaginaba que no pasaría por alto la palabra dada al muchacho de que pagaría su deuda. En realidad tenía claro qué pedirle; lo que no tenía tan claro era cómo y la forma en que ella reaccionaría. Envuelto en esos pensamientos, se durmió y soñó que él era un poderoso señor y Cat una sumisa adolescente a la que abrazaba, mientras la nieve caía sobre su melena de pelo castaño.

Fuente imagen: http://elysiumtan.tumblr.com/

lunes, 20 de agosto de 2012

Capítulo 1


PETYR
            Amanecía en Aguasdulces. El castillo empezaba a teñirse de rojo a la luz del sol naciente. Apenas se oían los ruidos que salían de algún lugar de la cocina y del patio de armas. Los criados eran los primeros en despertar, pero el chico ya llevaba más de dos horas con los ojos abiertos. A pesar de cumplirse casi nueve años desde que llegara por primera vez a la fortaleza, aún no se había acostumbrado del todo a una cama y una habitación que no eran las suyas. Y no es que echara de menos su hogar precisamente, si es que se le podía llamar así. Los Dedos era una región bastante pobre, un auténtico pedregal que ofrecía pocas oportunidades a sus habitantes, de manera que su padre, Elían Baelish, señor de aquel lugar, decidió enviarlo como pupilo a Aguasdulces, señorío de los Tully, de los cuales era vasallo. Se esperaba que el pequeño Petyr, que así se llamaba el muchacho, se educara con los tres hijos de Lord Hoster Tully y se convirtiera en un caballero. «Un caballero, sí», pensó el joven, sonriendo. «No he cogido una espada en todo el tiempo que llevo aquí.»
            Mientras se vestía, pensaba que vivir en Aguasdulces no era en muchos aspectos lo que él había esperado. O casi no lo era. Había una razón para levantarse todos los días y ver que la vida no era tan dura. Esa razón era Cat.
            La tarde que llegó a la fortaleza con seis años estaba muy excitado. «Conocerás a auténticos caballeros y damas, Petyr», le había dicho su padre. «Compórtate con respeto hacia ellos, pero recuerda que no debes dejar que te humillen. No son tus iguales, pero eso no les da derecho a recordártelo constantemente. Confío en que dejes el nombre de la familia Baelish a la altura que siempre hemos merecido.» El niño oía todo ese discurso sin enterarse muy bien qué quería decir esa palabrería. Conceptos como humillación, honor, caballerosidad, le sonaban demasiado serios, aunque pronto conocería su significado. Tras la charla, Petyr montó en el sencillo transporte que lo llevaría a Aguasdulces. El recibimiento fue algo frío para un niño que acababa de abandonar todo el mundo que conocía. Los criados se hicieron cargo de ayudarle a instalarse y no fue hasta dos horas más tarde cuando lo recibió la familia Tully. Lord Hoster era un hombre serio e imponente, un caballero de la cabeza a los pies, y dejó impresionado al niño. Tras un corto saludo, el señor del castillo pasó a presentarle a sus hijos. Se trataba de dos niñas aparentemente mayores que él y de un bebé de poco más de un año. Petyr se sentía algo mareado por la posibilidad de cometer alguna imprudencia en presencia de tan distinguida familia. En ese momento no recordaba nada de lo que le había dicho su padre y sólo escuchaba en su cabeza fragmentos sueltos de aquel discurso que parecía ahora tan lejano. El primero que le fue presentado era Edmure, el verdadero heredero de Aguasdulces. Un niño en pañales poco podía entender de protocolos, pero aún así fue traído para cumplir con lo dictado por las normas de sociedad. Inmediatamente después le tocó el turno a una de las hijas de Lord Tully. Era la más joven de las dos y se llamaba Lysa. La niña hizo una reverencia algo exagerada bajo la atenta mirada de su padre y su hermana mayor. A Petyr le llamaron la atención sus ojos, vivos y con un destello de picardía, dentro de una cara redonda y un poco pecosa. Lysa sonrió a Petyr y le ofreció la mano para que la besara, a lo que él respondió torpemente con los ojos bajos. Al levantarlos vio a la otra hija realmente por primera vez. Catelyn era alta, delgada como un junco y con una mata de pelo castaño rojizo que enmarcaba un rostro que a Petyr le pareció irreal. Los ojos eran de un azul intenso, la nariz recta y pequeña y los labios carnosos. El niño pensó que era como un hada de cuento. Ella hizo la reverencia de rigor y también le ofreció la mano. Petyr se la besó y le dijo que era un honor conocer a Lady Catelyn. Ella se rió de tan rimbombante frase en boca de alguien tan pequeño y él se sintió morir por haber hecho el ridículo delante de una niña maravillosa como aquélla. Catelyn captó el sufrimiento de Petyr e inmediatamente le dijo: «Puedes llamarme Cat. Simplemente Cat.»
            Cat. Cat. Cat. Sólo ahora, tanto tiempo después de aquel inocente primer encuentro, repetía su nombre constantemente en su cabeza cada vez que un pensamiento negativo le atormentaba, como si fuera una oración milagrosa que acabara con todos sus pesares. Se dormía con ese nombre en los labios, se despertaba con él y a veces se iba al bosque de dioses a gritarlo. Era el elixir mágico que le hacía sobrevivir en Aguasdulces. Cat, la encantadora Cat, la bella Cat. La inalcanzable Cat.